Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |

Local

GIJÓN
La luz de Luz
08.04.08 -

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
LA culpa no la tuvo el juez que dejó suelta a la fiera. La culpa radica en la propia naturaleza humana. Los hombres somos unas complejas máquinas biológicas que funcionamos con la misma autonomía que las motocicletas, solo que cargamos el depósito con fabes y sidra en lugar de gasolina. Pero a la larga o a la corta fallamos, como las motos, por defectos de fábrica o por averías en la mecánica. Y es entonces, con los fallos, cuando algunos de los nuestros retroceden a la etapa caníbal del paleolítico, a la fiera australopiteca que incluía en el menú del día a sus congéneres. Y por eso vapuleamos al indigente o al retrasado mental, para saciar nuestro apetito antropófago, para luego poder colgar nuestras hazañas en Internet y compartir risas y odio al diferente o al desechable con el público de la aldea global Youtube. Somos crueles como hienas, todos, sí, porque todos hemos sufrido en alguna ocasión dentelladas de otras hienas anteriores, y cada muestra de crueldad es reflejo y recuerdo de los mordiscos que otros peores nos infirieron antaño. Capaces de jugarnos la vida por salvar al gatito que maúlla en lo alto del árbol, gasearíamos a nuestra propia madre si alguien con poder nos tatuara una esvástica en el corazón, o nos colocara sobre la cabeza una gorra de plato con galones de ultra. ¿A que sí?

Por ahí va Luz Yeremi Madelaine camino del quiosco, a por pipas de girasol. Lleva la gracia del cielo en los andares, es diáfana y cristalina, emite luz esta pequeñita Luz de Huelva, y es una muñeca que está tan para comérsela que alguno se la comerá. La alegre niña respira, trasuda y exuda amor, compás y alegría, porque por sus venas corre la sal del mundo y el color de la mañana. Pero la pobre va indefensa, sola e inerme, ¿para qué, si el quiosco está ahí al lado y en la barriada todos se conocen? Y en el tránsito del nido al quiosco de las chucherías se topa con Santiago del Valle, un demente en busca y captura que desde lo alto de la escalera de un portal atrae a la inocente infantina con una piruleta roja, de azúcar con forma de corazón. Es la misma niña que en otro lugar y en otro tiempo se ha topado en la guardería con una cuidadora pegona que la vapuleaba, es el niño que ha sufrido al cura pederasta en la sacristía de la catequesis, es el jovencito que ha dado en el vestuario del gimnasio con un maldito entrenador de balonmano dotado de tentáculos, es el sobrino que se ha tropezado en el propio hogar con su tío carnal. Es ese niño al que nos hemos acostumbrado a ver desaparecer por arte de birlibirloque en los programas de sucesos, el niño pintor al que nunca se halló, esa niña Rocío de Mijas que cayó en las garras de Tony King, australopiteco inglés que cazaba de noche, es Natasha Kampush, la niña austriaca que vivió la infancia presa en el sótano de un vecino enamorado. Son el niño que todos hubiéramos podido ser de haber tenido mala suerte, pero que en este caso ha sido Luz Madeleine Yeremi quien se ha topado con uno que tenía averiada la mecánica de la libido, uno al que fallaban los engranajes del afecto y los aparatos de la fraternidad universal, el sacamantecas del cuento, el vampiro de Dusseldorf, el lobo de Caperucita. El ogro. El coco.

El hombre es máquina y, por tanto, es susceptible de sufrir averías. Por eso en donde unos ven inocencia, blancura, ternura y fragilidad, otros con miopía y astigmatismo afectivo sólo contemplan ocasión de abuso. Es una pena. Mira, mamá, y la niña baja por centésima vez por el tobogán como un cohete, y de su cuerpecillo flexible nada se rompe, excepto la risa por el resuello mientras retoma de nuevo la escalera, ajena a alguien sin corazón que espía de reojo su estela de luz.

La cosa seguirá ocurriendo. Entre otras razones, porque el hombre pertenece al reino animal. Y eso imprime carácter. Carácter animal, por supuesto.

| Comparte esta noticia -

¿Qué es esto?

Opina

* campos obligatorios
Listado de comentarios
Vocento
SarenetRSS