Por ahí va Luz Yeremi Madelaine camino del quiosco, a por pipas de girasol. Lleva la gracia del cielo en los andares, es diáfana y cristalina, emite luz esta pequeñita Luz de Huelva, y es una muñeca que está tan para comérsela que alguno se la comerá. La alegre niña respira, trasuda y exuda amor, compás y alegría, porque por sus venas corre la sal del mundo y el color de la mañana. Pero la pobre va indefensa, sola e inerme, ¿para qué, si el quiosco está ahí al lado y en la barriada todos se conocen? Y en el tránsito del nido al quiosco de las chucherías se topa con Santiago del Valle, un demente en busca y captura que desde lo alto de la escalera de un portal atrae a la inocente infantina con una piruleta roja, de azúcar con forma de corazón. Es la misma niña que en otro lugar y en otro tiempo se ha topado en la guardería con una cuidadora pegona que la vapuleaba, es el niño que ha sufrido al cura pederasta en la sacristía de la catequesis, es el jovencito que ha dado en el vestuario del gimnasio con un maldito entrenador de balonmano dotado de tentáculos, es el sobrino que se ha tropezado en el propio hogar con su tío carnal. Es ese niño al que nos hemos acostumbrado a ver desaparecer por arte de birlibirloque en los programas de sucesos, el niño pintor al que nunca se halló, esa niña Rocío de Mijas que cayó en las garras de Tony King, australopiteco inglés que cazaba de noche, es Natasha Kampush, la niña austriaca que vivió la infancia presa en el sótano de un vecino enamorado. Son el niño que todos hubiéramos podido ser de haber tenido mala suerte, pero que en este caso ha sido Luz Madeleine Yeremi quien se ha topado con uno que tenía averiada la mecánica de la libido, uno al que fallaban los engranajes del afecto y los aparatos de la fraternidad universal, el sacamantecas del cuento, el vampiro de Dusseldorf, el lobo de Caperucita. El ogro. El coco.
El hombre es máquina y, por tanto, es susceptible de sufrir averías. Por eso en donde unos ven inocencia, blancura, ternura y fragilidad, otros con miopía y astigmatismo afectivo sólo contemplan ocasión de abuso. Es una pena. Mira, mamá, y la niña baja por centésima vez por el tobogán como un cohete, y de su cuerpecillo flexible nada se rompe, excepto la risa por el resuello mientras retoma de nuevo la escalera, ajena a alguien sin corazón que espía de reojo su estela de luz.
La cosa seguirá ocurriendo. Entre otras razones, porque el hombre pertenece al reino animal. Y eso imprime carácter. Carácter animal, por supuesto.





