Los cerca de 2.000 pasajeros del 'Summit' que ayer llegaron a Gijón acababan de cruzar el Atlántico acompañados por un millar de tripulantes dedicados a proporcionarles la máxima comodidad y evitarles cualquier tipo de problema. También se ocupan, lógicamente, de que el gasto a bordo engrose los beneficios del pasaje, con un precio de entre 2.500 y 3.500 dólares por persona, «aunque hay camarotes más caros», por doce días de viaje con alojamiento y comida incluida. La bebida es un extra, al igual que el SPA y, ni que decir tiene, el juego en un casino de impresionantes dimensiones.
Las excursiones suponen también un sobrecoste, de ahí la importancia que para las navieras tiene buscar escalas con atractivo próximo a los puertos.
Hay quien dice que parte de la tripulación trabaja sin sueldo fijo y gana su paga con las propinas, pero es difícil averiguar si hay algo de cierto en esa aseveración o es mero reflejo de una leyenda, en este caso, marina. No obstante, la popularización de los viajes, derivada de las grandes dimensiones de los barcos, puede acabar en breve con cualquier tipo de sospecha sobre la tendencia de los cruceros a atar los perros con longaniza.
Una ciudad flotante
Visitando el 'Summit' es fácil recordar el tópico, a todas luces cierto, de que los grandes barcos de crucero son ciudades flotantes, con sus restaurantes, tiendas, discotecas, piscinas, gimnasios, teatros y hasta salas de arte, además de los alojamientos. Pero son ciudades especialmente diseñadas para la pereza, para disfrutar sin hacer nada y tal vez sin pensar en nada, para que el baño en la piscina tenga poco que ver con la natación y para que los mismos gimnasios inspiren más relajación que esfuerzo.
A la una de la tarde de ayer, la mayoría del pasaje del 'Summit' había salido a dar un paseo por Gijón, pero quienes decidieron permanecer en el barco gozaban de un deseado aburrimiento. Solamente el comedor, similar en aspecto y contenido gastronómico a los grandes hoteles de las islas o la costa españolas, pero con más salsas y golosinas, se escapaba de la cámara lenta a la que se vivía en el resto del barco.
Todo ello, o al menos gran parte, envuelto en una moqueta de vivos colores que impide diferenciar pisos y paredes.
La seguridad es otra de las características de la vida a bordo. No sólo los visitantes son sometidos a estrictos controles, de los que no fueron dispensados ni la alcaldesa de Gijón ni el presidente de la Autoridad Portuaria, sino que también los pasajeros tienen que pasar por el consabido detector de metales cada vez que regresan al barco tras un paseo por la ciudad de turno. La seguridad hace, también, que la Autoridad Portuaria no haya permitido el acceso al puerto a los muchos gijoneses que mostraron interés en ver de cerca el espectacular buque.
Fuera
Aunque Paz Fernández Felgueroso y Fernando Menéndez Rexach acudieran ayer al 'Summit' a entregar la tradicional metopa que perpetúe en la memoria del barco su paso por El Musel, la perspectiva que alcaldesa y presidente transmitieron fue ajena al descanso y el ocio.
Los barcos de crucero generan actividad turística que la alcaldesa consideró importante y digna de destacar. Unos 1.500 turistas (los que se apearon ayer), aunque pasen pocas horas, favorecen, según destacó, a comerciantes y hosteleros locales.
Desde la distancia, la oposición municipal aprovechó también la escala del espectacular buque para pedir a las autoridades competentes que hagan de Gijón una ciudad crucerista. El Partido Popular aspira a que El Musel no sea sólo puerto de escala, sino también terminal.
Gobierno local y oposición coinciden, en este caso, en ambicionar más turismo. Paz Fernández Felgueroso destacó que los barcos de crucero no llegan a El Musel por casualidad, sino como fruto de un trabajo constante de los responsables del puerto. Por su parte, Jesús Alfaro, gerente de la Sociedad Regional de Turismo, abundó en el mismo deseo.
A Southampton
La próxima llegada de un barco de crucero a El Musel será también protagonizada por el 'Summit'. Con origen en Puerto Rico, el trasatlántico viaja ahora hacia Southampton, adonde llegará tras hacer escalas en Azores, Vigo, Gijón, La Rochelle y Cherburgo.
Desde la ciudad inglesa comenzará a su vez otro viaje, con distinto pasaje, rumbo al mar Mediterráneo. En la travesía, una de las escalas volverá a ser Gijón, el día 4 de mayo, si se cumplen las previsiones, que en esto no suelen fallar.







