China ha cometido un tremendo error al minusvalorar la coincidencia de las sociedades democráticas con los objetivos fundamentales de la Carta Olímpica -«promocionar una sociedad pacífica preocupada por la preservación de la dignidad humana»- y pensar que con espectaculares inversiones en infraestructuras aseguraba su éxito. En parte podría haber sido así de no haber reprimido con brutalidad inusitada las protestas por la ocupación de Tibet, mientras acusaba al Dalai Lama de conspiración. Lo cual ha despertado en la opinión pública mundial, además de una corriente de simpatía hacia la población tibetana, el recuerdo de que China presenta demasiadas carencias en términos democráticos como para que no sean tenidas en cuenta al calor de la competencia deportiva.





