Con el fallecimiento de Charlton Heston desaparece una parte importante de mi infancia, que es tanto como decir de mi inocencia y de cierta edad heroica, esa inocencia y esa heroicidad del espectador que se rebela contra las verdades que la vida le impone y ama más el simulacro que la realidad. Porque el cine, al fin y al cabo, es, como diría un casi secreto poeta gijonés, otro recinto contra las inclemencias.
Hace bastantes años, cuando la televisión era pequeña tanto en tamaño como en contenido, en una época en la que uno no podía distraerse viendo canales temáticos acerca de la evolución del cosmos, la cocina hecha por monjas de clausura o los deportes practicados sobre superficies heladas, como muchos otros niños que pasaban los domingos por la tarde en casa alrededor de la televisión, yo disfruté, al menos, de dos padres: uno era el biológico, el de todos los días, un tipo más o menos reconocible, más o menos carismático, más o menos protector; el otro era aquel tiarrón que, remando en una galera romana, paseando por una playa apocalíptica con la estatua de la Libertad al fondo o abrazando muchachas hermosas que tras su espalda parecían diminutas muñecas de juguete, encarnaba una imagen indestructible e indiscutible de la virilidad. Sí, lo confieso: si Paul Auster creía que su padre era Dios, yo soñaba que el mío era Charlton Heston.
Muchos críticos han dicho que el hombre que prestó su rostro al profeta Moisés era un pésimo actor. Pobres de ellos, que confunden a la máscara con su función. Pues a menudo he comprobado que Charlton Heston había convertido el difícil arte de actuar en el no menos complejo arte de limitarse a ser siempre él mismo. Cómo, si no, un único hombre hubiera podido ser Ben Hur, Marco Antonio, Miguel Ángel, Rodrigo Díaz de Vivar, el cardenal Richelieu o el agente Vargas sin dejar de ser, siempre, una y otra vez, hasta que el cine muera, el padre de los muchachos de las tardes de domingo.





