La alarma movilizó de inmediato a 1,7 millones de alumnos en decenas de colegios y guarderías, que fueron evacuados por puertas y ventanas hasta los refugios, mientras los equipos de emergencia asistían a los primeros heridos. Minutos antes, por primera vez, el Comando de Defensa Civil se había dirigido a la población en directo a través del Canal 33 para informar de la conducta a seguir ante el mayor ataque que Israel ha enfrentado en su historia: la ofensiva simultánea de Siria, Hamás, los libaneses de Hezbolá e Irán, que el lunes provocó la decisión del Gobierno de repartir las máscaras de gas. Como en 1991, cuando Irak lanzó 39 misiles 'scud' durante la invasión de Kuwait. «Ha estallado la guerra», declaraba el domingo a su Gabinete el primer ministro, Ehud Olmert.
Pero no es la guerra, sino uno de los más imponentes simulacros de defensa civil pasiva que Israel ha ensayado nunca para engrasar su maquinaria de emergencia y poner a punto con la simulación de escenarios extremos los equipos de retaguardia, que tan estrepitosamente fallaron a la hora de proteger a la ciudadanía durante la contienda con Hezbolá en verano de 2006. Gobierno, Ejército, ayuntamientos, hospitales, edificios que se suponen derribados, instalaciones de materiales altamente peligrosos en la Bahía de Haifa se han puesto al servicio de estas maniobras de cinco días. Supuestamente asépticas, pero que pueden ser responsables de un deterioro de la ya tensa relación entre el Estado judío y sus vecinos árabes.
Y es que, mientras Olmert se esforzaba por subrayar que su demostración de fuerza sólo es un entrenamiento su ministro de Infraestructuras se descolgaba con una amenaza directa que ha consternado al Gobierno. Un ataque de Teherán a Israel, proclamaba en mitad de las maniobras, se traducirá en una respuesta militar con «la destrucción de la nación iraní».





