Cuando, en la reunión anual con los alcaldes de Mieres y Langreo, se planteó la pregunta sobre las normativas municipales que controlan el tema de ruidos, sorprendió mucho, no que éstas existieran, teniendo en cuenta los garbeos que se da el ruido por nuestros municipios, sino la comprensiva actitud de ambos munícipes hacia el desacompasado hilo musical al que convenimos estar acostumbrados. Hemos de tener en cuenta nuestra condición de habitantes de un país adelantado a la época desde tiempos inmemoriales, condición que nos permite saber disfrutar del actualmente llamado 'estado del bienestar', ése en el que la cultura del ocio es toda una lección de saber ir con los tiempos, sean éstos los que sean, una lección de saber disfrutar ese espacio que queda entre el trabajo y las noches de buen dormir -o no tanto-. Nada que ver con algunos países que nos superan tan sólo en el hecho de su proximidad al norte geográfico.
Muy a menudo se escucha decir, hablando de europeísmos, eso de «no podría vivir en uno de estos países en que no saben qué es el ocio, países y gente aburrida; aquí sí que sabemos divertirnos».Lo que, desde luego, sabemos es identificar ese 'ocio', del que estamos tan orgullosos, con el ruido. Parece que ni un café, ni una noche de sábado de insomnio elegido, ni una ronda siquiera por bares o sidrerías, puede sustraerse al ruido, como tampoco lo pueden hacer las noches urbanas y no siempre de fin de semana, los trayectos en autobús o en relajado paseo.
Aficionada a los diccionarios, de español en este caso, he consultado varios, y en ninguno he hallado 'ruido' como sinónimo de 'entretenimiento', ni tan siquiera de 'ocio'. Tal vez los diccionarios se hayan quedado un tanto anticuados, y tan aburridos como nuestros vecinos del norte, a los que tanto mentamos como ejemplos en otras ocasiones, y no referidos al ocio.





