Pese a que Armiñan cosechó sus primeros éxitos en el teatro (entre 1953 y 1967, premios Calderón de la Barca y Lope de Vega mediante), está claro que el gran público lo relaciona principalmente con el cine y la televisión. En 1958 se incorpora a TVE, donde enseguida comprende las necesidades del medio catódico, aun cuando en nuestro país se hallaba todavía en un estadio de pionera indefinición. Esa perspicacia reportó audiencias masivas a los frutos de su frenética labor como guionista y realizador. 'Galería de maridos' (1959), 'Confidencias' (1964), 'Historias de la frivolidad'(1968, en colaboración con Chicho Ibáñez Serrador), 'Suspiros de España' (1974) o 'Juncal' (1988) son hitos de la pequeña pantalla española.
Adolfo Marsillach, uno de los grandes actores que protagonizaron algunos de esos trabajos, afirmó en cierta ocasión que Jaime de Armiñán era el más asombroso caso de fecundidad televisiva que conocía. ¿Cómo fue capaz de escribir un guión semanal durante tanto tiempo? De dónde sacaba las ideas era para él un misterio: «Shakespeare tuvo en su vida no más de treinta buenas ideas. Armiñán ha tenido ya lo menos trescientas». También alabó en don Jaime que es delicado, tierno, sutil, un amoroso observador de las cosas pequeñas con un humor revestido de poesía, encanto, esperanza.
Lo mismo puede decirse de su teatro. Y de su cine. Así pareció entreverlo Daniel Taradash, presidente de la Academia de Hollywood el año en que 'Mi querida señorita' (1971) fue nominada al Oscar a la mejor película extranjera. En una carta dirigida a George Cukor, aparte de considerar que el filme de Armiñán atesora la mejor frase final desde 'Con faldas y a lo loco' de Billy Wilder, Taradash comentaba que «con demasiada frecuencia descartamos por poco importante el tipo de inocencia de la cual la película española está empapada. La inocencia es algo que deberíamos usar más. La sinceridad, también. Y la gente ayudándose unos a otros, como hacen en 'Mi querida señorita'».





