
Para salir airoso de tan amargo trance, el presidente del COI, el belga Jacques Rogge, instó ayer a Pekín a cumplir el «compromiso moral» de mejorar los derechos humanos que adquirió cuando, en 2001, aspiraba a celebrar las Olimpiadas. Además de hacer esta llamada de advertencia al Gobierno chino, el máximo responsable del COI reconoció que las manifestaciones contra la llama habían provocado una grave «crisis», pero descartó anular o recortar su relevo internacional para evitar nuevas protestas.
Sin embargo, el paso por San Francisco fue acortado sin previo aviso. Y lo mismo podría ocurrir cuando la antorcha olímpica llegue la próxima semana a Nueva Delhi, ya que en India reside la comunidad tibetana en el exilio más numerosa desde que el Dalai Lama huyó de su país en 1959.
Pero, haciendo oídos sordos a dichas movilizaciones y al llamamiento del presidente del COI, Pekín sigue en sus trece y no concede ni un solo gesto. Más bien al contrario, la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Jiang Yu, llamó ayer «exagerado» a Rogge por hablar de crisis y le respondió que se adhiriera «al espíritu de la Carta Olímpica para no introducir factores políticos irrelevantes» en los Juegos. Además, el portavoz del Ministerio de Seguridad Pública, Wu Heping, desveló ayer dos supuestas tramas terroristas para secuestrar atletas, periodistas y turistas extranjeros durante los Juegos Olímpicos y atacar instalaciones oficiales, hoteles, autobuses y bases militares. Los atribuyó a las ansias separatistas de la etnia uigur en la remota región occidental de Xinjiang. 35 personas han sido detenidas entre el 23 de marzo y el pasado día 6. Por último, el Dalai Lama, durante su escala en Japón de camino a Estados Unidos, volvió ayer a expresar su apoyo a los Juegos, pero acusó a China de no respetar los derechos humanos ni la libertad religiosa ni de expresión en Tíbet. El líder espiritual tibetano bromeó sobre la imagen de «demonio» que le otorga Pekín y se puso las manos en la cabeza imitando a unos cuernos.





