
De ese diagnóstico hace ya doce años. Saúl Fernández, avilesino de 73 años y que vive en Gijón desde hace treinta, acude cada día al centro de la Asociación de Parkinson Jovellanos, donde además de rehabilitación y gimnasia participa en talleres de memoria, dibujo, manualidades y teatro. Lo suyo en realidad es la escritura y, de hecho, ganó el segundo premio del concurso de relatos organizado por la Federación Española de Párkinson titulado 'El manuscrito del masón'. Es una forma de mantenerse activo, primera recomendación que hacen los especialistas. Además, sin haber perdido un ápice de su sentido asegura que es corredor de bolsa y pinche de cocina, vamos, que «soy el que se encarga de los recados y de fregar los platos en casa».
Como este antiguo maestro de Ensidesa, en Asturias hay 4.000 enfermos que luchan contra el párkinson, una enfermedad neurodegenerativa, conocida popularmente por los temblores que provoca en sus afectados, y que, de momento, a pesar de lo que ha avanzado su estudio, sólo pueden aspirar a que su evolución sea lo más lenta y benigna posible.
El presidente de la Asociación Parkinson Jovellanos, José Manuel Fernández, convive con esta dolencia desde hace cinco años. «Noté que algo iba mal cuando al coger el vasín de sidra para tomar un culín me temblaba la mano». Hoy, día mundial de la enfermedad, aprovecha para reivindicar una sede social mayor. «Somos 600 socios entre enfermos, familiares y socios colaboradores y esto se queda pequeño. También esperamos que los organismos sigan dando subvenciones porque estas actividades son el componente de los tratamientos farmacológicos». El principal componente es la levodopa, una sustancia que al transformarse en dopamina ayuda a mejorar los síntomas de la enfermedad y en consecuencia la calidad de vida del paciente. José Manuel asegura que en su caso «aún se siente bien, dentro de lo que cabe», pero lamenta ver cómo poco a poco «el cuerpo no responde a las órdenes del cerebro».
Caídas frecuentes
Aunque, los expertos en párkinson insisten en que no hay dos enfermos de esta dolencia iguales, Enrique Rivera comparte la misma idea del presidente. «Ponerme los calcetines por la mañana es un martirio. Echas mucho tiempo para abrochar los botones de la camisa y meter la camisa en el pantalón no te digo nada», comenta. Enrique nació en Mieres, pero también llegó a Gijón con la oleada de contratados de Ensidesa hace ya tres décadas. Ahora, camina hasta doce kilómetros al día para mantener un trabajo físico continuada, una recomendación médica que cumple a rajatabla. Eso sí, levantarse de la cama cada mañana le supone un gran sacrificio. «Me lleva media hora. Tienes que seguir una serie de trucos. Me visto y me aseo, pero hasta que no camino media hora no puedo controlar el cuerpo».
Lo peor quizás son las caídas, demasiado frecuentes debido a la inestabilidad. María Jesús Rodríguez se cayó hace pocos días. «Una más -dice-. En casa es continuo. Los enfermos de párkinson nos caemos con mucha facilidad, qué se le va a hacer». Con 47 años, María Jesús empezó a notar que una pierna le fallaba. Después sintió rigidez y acudió al médico. El diagnóstico no la asustó. «Es más había leído mucho sobre la enfermedad y yo misma les había dicho a mis hijas que padecía párkinson», asegura. Hoy, se mira al espejo pensando: «¿Ay María Jesús quien te ha visto y quien te ve!», pero al mismo tiempo señala que «a cada uno le toca lo suyo y yo desde luego no voy a hacer que los demás sufran por mí». Es el pulso diario contra una enfermedad que hace temblar y que tiene en la mirada de los demás el peor de los síntomas. Aunque siempre hay quien piensa, como Saúl Fernández, que «son 30 segundos, te miran y nada más. Todos estamos muy ocupados con nuestra bonita vida»





