Cierto que esa excepcional presencia se produce durante unos días al año -lo que no quiere decir que la expansión de la onda se detenga en esa semana-. Pero el sueño era de tal magnitud que ni los más optimistas las tenían todas consigo al despertar.
Ha sido una trayectoria que comenzó entre luces y sombras para desplegarse desde el momento que se puso en pie a modo de faro en Finisterre, que por aquí también estuvimos en los confines de muchas agonías.
A estas alturas de la función, lo que nadie podrá poner en duda es que los Premios Príncipe de Asturias nos sitúan bajo los focos de la mirada internacional de modo preferente a lo largo de su puesta en escena, y que si alguna vez se pensó que no pasarían de ser el patito feo, el cisne ha erguido su cuello de manera esplendorosa.
Todavía hay quien pone objeciones a esta celebración de personalidades ilustres -una escasa minoría, según reflejan todas las encuestas-. Y siendo los Premios un canto a la libertad, nada se ha de oponer a los discrepantes. Sin embargo, parece de justicia reconocer que no sólo se han caracterizado por su brillo, sino que han señalado en cada edición los nombres de la dignidad y la vanguardia de la ciencia y el arte. En el relevo de la presidencia de la Fundación, habría que recordar los versos de Juan Ramón Jiménez: «No lo toques más, que así es la rosa».





