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AL AIRE
Humoroso
12.04.08 -

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MERCED a una memoria que sólo flaquea a la hora de recordar pufos, uno puede referirse al humor como chaleco salvavidas en la corriente tumultuosa del vivir. O afirmar que si la imaginación consuela al hombre de lo que no pudo ser, el humor lo consuela de lo que es. O decir que el humorismo sirve para revelar el lado serio de las cosas tontas y el lado tonto de las cosas serias. O comentar que una prueba muy definitoria de si uno posee sentido del humor es su reacción cuando alguien le dice que no lo tiene. En fin, la propia esencia del humor nos permite definirlo según el humor que tengamos a la hora de hacerlo pero, eso sí, conviene ser conscientes de que intentar definir el humorismo es como pretender pinchar una mariposa con un poste de la luz. Aunque quizá una demostración irrefutable de poseer la cualidad que más nos diferencia del resto de animales sea la capacidad de reírnos de nosotros mismos (lo cual -todo hay que decirlo-, tiene bien poco mérito).

Tras la afirmación del último párrafo, llega el momento de comentar que a los componentes de la Escuela Peripatética de Caleya los une mucho más la capacidad de reírse de ellos mismos, de los que les diferencia la pertenencia a diferentes corrientes filosóficas. Lo ha vuelto a confirmar el hecho de que el último libro que pasó a formar parte de la selecta biblioteca de la Escuela es uno que lleva el sugerente título de 'Platón y un ornitorrinco entran en un bar... (La filosofía explicada con humor)'. Escrito por los filósofos norteamericanos Thomas Cathcart y Daniel Klein y editado por Planeta, la obra tiene una dedicatoria que es toda un declaración de intenciones:

«A la memoria de nuestro abuelo filosófico Groucho Marx, que resumió la esencia de nuestra ideología cuando dijo: 'Estos son mis principios; si no les gustan, tengo otros'».

Y ahora el ecléctico Casacites selecciona para ustedes una anécdota del libro en la que se plantea la disyuntiva entre razón y revelación, que él mismo resume:

«Un hombre se cae a un pozo muy profundo y baja cien metros a plomo antes de poder agarrarse a una rama. '¿Hay alguien por ahí arriba?', preguntaba a gritos una y otra vez. De pronto, en el cielo se abrió un claro luminoso y se oyó una voz profunda: 'Soy tu Dios, así que suéltate que luego te recojo'. El hombre medita unos instantes aquellas palabras, y grita finalmente: '¿Hay alguien más por ahí?'».

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