
En esta creciente presión sobre el Gobierno chino, el último aldabonazo ha procedido del Congreso de EE UU, que el miércoles aprobó una resolución instando a Pekín a «finalizar el aplastamiento de los manifestantes tibetanos no violentos» y a detener la «represión» cultural, religiosa, económica y lingüística en dicha región. Además, la declaración tilda de «desproporcionada» la respuesta a los disturbios en Lhasa, los peores en dos décadas, y critica la muerte de cientos de personas y la detención de miles, pero sin llegar a aclarar sus fuentes de información para manejar estos datos.
Gran satisfacción
La resolución fue promovida por la portavoz del Congreso, Nancy Pelosi, quien recientemente se reunió con el Dalai Lama en la ciudad india de Dharamsala, donde el líder budista permanece en el exilio, y fue recibida como una heroína por los numerosos refugiados tibetanos que viven en esta estación de montaña enclavada a la sombra del Himalaya. De hecho, los carteles de bienvenida a Pelosi aún cuelgan en las empinadas calles de McLeod Ganj, la antigua base de las tropas coloniales británicas donde hoy se ha instalado el Gobierno tibetano.
Mientras la resolución del Congreso norteamericano ha sido acogida con gran satisfacción entre los habitantes de Dharamsala, en China ha caído como un auténtico jarro de agua fría que ha enervado al régimen comunista. Buena prueba de su enfado lo refleja el comunicado que la portavoz del Ministerio de Exteriores, Jiang Yu, difundió ayer en la página web oficial del Gobierno.
En ella, las autoridades de Pekín muestran su «fuerte indignación» porque la Cámara de Representantes estadounidense había dirigido «unas acusaciones intencionadas contra el control legal de los graves incidentes violentos y criminales en Tíbet e interfería en los asuntos internos de China».
Además, Jiang Yu criticó al Congreso por no condenar a la «camarilla» del Dalai Lama, a quien Pekín acusa de planear la revuelta tibetana para aprovechar la gran repercusión mundial de los Juegos Olímpicos y forzar al régimen a dialogar con el Gobierno tibetano en el exilio.





