Los pronósticos más agoreros sobre la pérdida de empleo en los países desarrollados ni siquiera podrían compararse en sus efectos sociales con el hambre y las migraciones que un incremento sostenido del precio de los cereales y otros productos básicos acarrearía a las regiones depauperadas del globo que, afectadas unas veces por la persistente sequía y otras por lluvias torrenciales, se ven precisadas de importar una cantidad creciente de alimentos. La alerta lanzada ayer mismo por el director general de la FAO, el senegalés Jacques Diouf, advirtiendo sobre la conflictividad que podría derivarse de la inflación global, y que se está manifestando ya en países tan distantes y diversos como Indonesia, Egipto o Haití, emplaza a la comunidad internacional a actuar urgentemente tomando conciencia de la verdadera dimensión de un problema que demanda respuestas concertadas a nivel mundial.





