Quizá precisamente el ejemplo de esa mujer sea el que está modificando el comportamiento de los españoles con respecto al trabajo. Porque, a imagen y semejanza de esta diva de la escena, trabajamos veinte horas al día. Y el resto, las cuatro que nos quedan, las dedicamos a las denuncias en algún juzgado. Consecuencia: en este país echamos muchas horas currando, o dejándonos ver en el curro, que es otra posibilidad, además de un arte, como lo puede ser otro cualquiera.
El lunes se aterriza y sólo a última hora somos conscientes de nuestras obligaciones. Solapamos el cansancio del martes con el del miércoles, y el jueves se celebra como el día de subidón. Tomamos el viernes como fiesta, en el propio curro, pero fiesta. Algunos días son feriados, porque sí, sin conocimiento ni del empresario ni tan siquiera del convenio. Y éstos son los previos a las vacaciones, a los 'puentes' y algunos de disposición mediopensionista. Es decir, las mañanas de resaca o de trasnochar ante la televisión, y algunas tardes de post fartura.
A pesar de este desastre que no nos hace poco productivos, contamos con excelentes empresarios que, además, flexibilizan nuestros horarios (¿cuanta bondad!), aumentándolos casi siempre. Que salir a la hora en punto, quede claro, no resulta de buen tono. Y esas doscientas horas que permanecemos en nuestro puesto de trabajo más que un alemán o un inglés, se convierten, con esa flexibilización empresarial, en 400 ó 500 de no estar en casa, de no descansar, de no perrear, de no viajar al Caribe.
No contamos con los beneficios de la cultura de la eficiencia, pero sí con la cultura del café y del pitillo, y todo es cultura. Porque no es lo mismo vivir en Brighton que en Candás. Ni se gana lo mismo tampoco, o eso tengo entendido.





