A estas alturas del proceso, cuando aún desconocemos casi todo excepto su configuración exterior, muchos se están preguntando qué es lo que el edificio va a contener; si hiciese caso a mi primer impulso diría, con una expresión chabacana, que me importa un huevo. De momento, en un plazo que ansío breve, lo más breve posible, sé que a escasos metros de un milagroso casco histórico -y utilizo el primero de los adjetivos con plena consciencia- va a levantarse una obra de uno de los más grandes arquitectos del siglo XX. ¿Quién podría imaginarse que en Avilés íbamos a tener una pirámide de Cichén Itzá, un Taj Mahal, una Torre Eiffel o, por aproximarnos a su mismo autor, una Brasilia? Todas ellas edificaciones, junto a otras muchas de la arquitectura universal, que no es necesario saber lo que contienen porque, en sí mismas, ya ejercen un poder de atracción. Y si además, como va a ser el caso del Centro Niemeyer, se les dota de un contenido, el que sea, se convertirán en el potente imán en el que todos deseamos que se transforme.
Por lo que conocemos, uno de los elementos que configurarán el conjunto recuerda, antes por su ornamentación que por su forma, a un huevo. Quizá por eso lo primero que me vino a la boca, ese primer impulso del que antes hablaba, fue lo del huevo. Efectivamente, ese centro va a ser, debe ser, primero un foco atractivo que desde su fuerza fecunde ese potencial núcleo generador de una nueva vida que es el huevo. Hasta el momento, a los avilesinos nos ha tocado movernos. Estoy seguro de que, a través del Niemeyer, habrá desplazamiento en sentido contrario.





