Mucho más interesante me parece la afirmación de Murakami: «Uno es lo que es, pese a las circunstancias». Y para ejemplo inapelable, los campos de exterminio, nazis, yanquis, serbios, chinos, israelíes El que llega al espantoso lugar, si tiene alma de traidor, será capo al día siguiente; si tiene corazón de héroe, será quien organice la resistencia. Al buen hombre, normalito y hasta aparentemente ético, de verse perdidito en la maraña de una mentira, por ejemplo, le salta la vena perjura: era un cobarde. A la estupenda señora, tan puesta y fina en su salón, se le tuerce el chollo e inmediatamente se le despintan las formas y asoma la verdulera (perdón a las señoras vendedoras de lechugas) que siempre llevó dentro. Eso eran, no cabe duda.
Las circunstancias nunca justifican la desidia de funcionarios y otras prendas; lo son por naturaleza y llegan al sitio propicio tras afanosos métodos, hasta encontrar la concha perfecta donde esconder su alma blandengue de caracol. Eso sí, cogidos en falta echan mano a la soga legal, que no justa, y terminan por implicar en la desidia a la señora de la limpieza. ¿Coño, que movió los expedientes! Del mismo modo que al jefe en sala de tortura y a sus 'funcionarios de la picana' no se les puede permitir alegar que se limitaron a cumplir órdenes circunstanciales y ellos, movidos por el honor militar, el miedo inapelable y otras vainas, aplicaban la picana o introducían ratas en vaginas femeninas impelidos por la sacrosanta razón de las circunstancias.
Esas 'circunstancias' que Ortega puso de moda siguiendo la estela de ciertas escuelas psicoanalistas o conductistas no son sino aquella vieja fórmula de nuestra religión capaz de encontrar eximentes para la lujuria masculina en la 'innata maldad femenina'. Ya se sabe, la carne es débil. Patraña asumida colectivamente a mayor gloria de nuestra debilidad y escasa voluntad, porque ser un héroe cotidiano y anónimo sólo está al alcance de unos pocos. Y no se lo regala nadie. Que uno 'sea lo que es' tampoco nos convierte en esclavos de nuestra herencia genética, al contrario, sirve para revalorizar la capacidad más humana y menos practicada en nuestra civilización: la voluntad. Uno es lo que es, e intenta cambiarlo si considera que desea para sí algo diferente.
Si algo me parece despreciable, vomitivo y cercano al chimpancé es esa postura de mediocres dispuestos siempre a echarle la culpa al otro: sea un ente, un fantasma o un vecino. Resabios del colegio.





