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GIJÓN
Vuelta de tuerca al bachillerato
13.04.08 -

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A Rousseau se le atribuyen varias paternidades. Entre ellas, la paternidad de algunos principios pedagógicos hoy en boga, como que el conocimiento en vez de transmitirse por la educación, debe 'ser construido' y descubierto por el niño desde su propia experiencia vital; la paternidad de la concepción del hombre bueno por naturaleza, el 'buen salvaje' al que la sociedad y la civilización pervierte y, finalmente, la paternidad real de cinco de carne y hueso, a los que Rousseau entregó, uno tras otro, según nos cuenta en sus 'Confesiones', al hospicio. No deja de ser paradójico que el padre teórico de una orientación pedagógica, haya sido un irresponsable respecto a la paternidad real. Entre la teoría y la práctica educativa, hay un abismo.

¿Se puede teorizar sobre educación desde una burbuja aislada de la realidad de los centros escolares? Por supuesto que sí, pero las consecuencias a veces son tremendas. En educación hay muchos expertos que jamás han pisado un aula, o que se hicieron expertos con el objetivo de huir de las clases. Entre ellos, cabe destacar los individuos que perpetraron las reformas educativas españolas durante los últimos años, creando normas y leyes desde sus gabinetes, cátedras y chiringos pedagógicos. El problema es cuando estas ideas teóricas se llegan a imponer sobre una práctica educativa, por supuesto manifiestamente mejorable, pero no tan negativa para que su destino haya sido la supresión.

La LOGSE, redivida ahora en la desmotivada LOE, ha sido un bien intencionado experimento teórico cuya aplicación constituyó todo un fracaso que acrecentó las desigualdades sociales en educación, cercenó la enseñanza pública e hizo caer a niveles bastante alarmantes la formación y los conocimientos de los estudiantes.

En estos días se 'debate' en los centros de Secundaria de las comunidades autónomas, sobre el bachillerato en la nueva LOE. Con toda su retórica de eufemismos y enumeraciones de 'capacidades', la LOE es una ley fracasada en el fondo y con algunas contradicciones en la forma que reflejan que los que idearon la ley tienen una idea muy ligera de la realidad y la problemática educativa. Por ejemplo, lo de pasar de 1.º a 2.º de bachillerato (el bachillerato, la enseñanza secundaria superior, se estructura en dos cursos) con cuatro asignaturas suspensas. Imaginemos que un estudiante aprueba en 1.º de bachillerato tres asignaturas y suspende cuatro. Puede optar por dos posibilidades. La primera, matricularse de las asignaturas suspensas de 1.º de bachillerato, junto con otras de 2.º, lo que, además de generar un complejo puzzle organizativo al centro, es una errática huida hacia delante del alumno. Esta posibilidad, sin embargo, tiene la ventaja que se mantienen las asignaturas aprobadas. Si con los cuatro suspensos el estudiante, con buen criterio, opta por repetir y dedicarse a las asignaturas suspensas, no se le cuenta las materias aprobadas. Tiene que repetir con todo, y en definitiva, a quien repite se le penaliza, pero a quien sin saber nada pasa de curso, se le premia. Todo este disparate podrá maquillar las estadísticas sobre repeticiones, pero incrementará aún más, el desastre educativo.

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