
Desde entonces han huido unos 200.000 tibetanos, de los cuales la mitad se han instalado en India y unos 20.000 en el vecino Nepal. Todos ellos han seguido el ejemplo del venerado Dalai Lama, la máxima figura política y espiritual del budismo, quien se refugió primero en Mussoorie y en abril de 1960 trasladó el Gobierno tibetano en el exilio a Dharamsala.
Multitudinarias vigilias
A unos cuatro kilómetros de esta ciudad de 20.000 habitantes se levanta la estación de montaña de McLeod Ganj, un antiguo cuartel establecido por los británicos durante la dominación colonial en 1850 y bautizado en honor del entonces gobernador del Punjab, David McLeod. Aquí se halla la residencia oficial de Su Santidad el Dalai Lama, el jefe de este supuesto Estado tibetano que ningún otro país reconoce, en el complejo de Tsuglagkhang, donde también se encuentran el monasterio de Namgyal y el templo de Kalachakra. Unos kilómetros más abajo, siguiendo una tortuosa y estrecha carretera por donde los taxistas indios sortean a toda velocidad las curvas y las vacas del camino al volante de sus diminutos Tata Indigo, una estupa preside la plaza donde se erige el Parlamento en el exilio.
Sus 43 miembros, elegidos democráticamente, se reúnen dos veces al año bajo la presidencia del Dalai Lama. Todo un ejemplo de modernidad que contrasta con la figura del oráculo, quien sigue entrando en trance en unas ceremonias rituales que celebra varias veces al año para vaticinar el futuro y aconsejar al Dalai Lama en el conflicto con el régimen comunista de Pekín.
Durante estos días, miles de personas participan en multitudinarias vigilias por las víctimas de la represión con que el Gobierno chino ha aplastado la revuelta tibetana. Al amanecer, los guturales cantos de los monjes despiertan a sus habitantes y les indican el camino a seguir en una nueva marcha por la paz. Portando pancartas donde se pueden leer proclamas como 'China, deja de matar en Tíbet' y 'Hu Jintao, asesino', religiosos, exiliados y turistas comprometidos con la causa desfilan por las empinadas calles de McLeod Ganj. En las ventanas y balcones cuelgan impactantes fotografías de los disturbios en Lhasa, que estallaron el 14 de marzo tras varios días de manifestaciones pacíficas que conmemoraban el 49 aniversario de la huida del Dalai Lama. A su lado, otras desgarradoras imágenes muestran los cadáveres ensangrentados de las víctimas de las balas chinas. Al anochecer, las velas iluminan las calles y templos mientras los monjes entonan los tradicionales 'sutras' de amor y compasión. «Tenemos que aprovechar la repercusión de los Juegos para que el mundo conozca el sufrimiento que padece Tíbet», explica Lobsang Palden, un monje que ha pasado 12 de sus 39 años en la cárcel. Asegura que fue torturado por la Policía china por retirar en 1994 una placa del Gobierno en su pueblo, en el condado de Linga, y escribir sobre la misma 'Tíbet libre'.





