
En este viaje de norte a sur de Italia, en un país desesperado, deprimido, que se hunde más a medida que se baja, se espera lo peor al llegar al fondo. Pero en Palermo surge la esperanza donde menos se imagina, en el lugar más desgraciado. En la tierra más pobre, más cruel y más hermosa ha nacido un frente civil de ciudadanos valientes. Héroes en un mundo de mierda. La chispa de esta primavera saltó en 2004, cuando siete chicos que querían abrir un bar se preguntaron qué hacer cuando les pidieran el 'pizzo'. Decidieron que no pagarían. Son aquellos niños que en 1992 quedaron marcados, como todo el planeta, por las masacres de los jueces Falcone y Borsellino. «Un pueblo que paga el 'pizzo' es un pueblo sin dignidad», se dijeron. Con ese lema amaneció un día Palermo lleno de carteles. Había nacido la organización Addio Pizzo (Adiós Pizzo). Se rompió un tabú. movimientos similares han surgido en Nápoles, en Calabria, en el resto del sur en manos de las mafias.
Impensable
Era algo impensable en Sicilia, donde los comerciantes asumen el impuesto mafioso como un coste más. Donde el que abre un negocio busca al capo del barrio para presentarse. Donde si una tienda sufre un atraco, se va antes al mafioso de turno que a la Policía. Se paga una tarifa fija, o una vez al mes pasa alguien del clan, hace la compra y se va sin pagar, o se debe dar trabajo al que ellos digan. Paseando por Palermo ahora mismo se encuentran tiendas con el círculo y el aspa naranja de la pegatina de Addio Pizzo. Se han asociado hasta ahora 255 comercios. Bares, ópticas, agencias de viajes, cines, supermercados... Están diciendo en voz alta que ellos no pagan, que no se pliegan, que no tienen miedo. «Uno solo está perdido, no se puede personalizar el enfrentamiento, pero juntos somos más fuertes. La idea es crear un consumo crítico, un circuito de una economía y una comunidad limpia», explica Antonella Lombardi, una de las voluntarias de Addio Pizzo. Al mismo tiempo recogen firmas de ciudadanos que apoyan su batalla. Es decir, consumidores que buscarán esas tiendas sanas. Han firmado 10.000 palermitanos.
Es la respuesta del pueblo ante la política inmóvil, cuando no complaciente y cómplice de la Mafia, como ha ocurrido históricamente con la vieja Democracia Cristiana. El presidente de Sicilia, Totó Cuffaro, de la UDC democristiana, ha sido condenado en enero a cinco años de cárcel en un proceso por revelación de datos policiales a 'capos'. Tras la DC, el dominio de Sicilia pasó a Berlusconi. Se puede decir que Cosa Nostra le vota, pues controla buena parte de las elecciones. Es famoso el 61-0 que consiguió en la región 'Il Cavaliere' en 2001.
El 'voto de scambio', de intercambio, es normal en Sicilia. La Mafia promete regalos, trabajos o favores a la gente a cambio del voto a un partido, según sus intereses. Por algo se prohíben ahora los móviles con cámara en las cabinas electorales: sirven para fotografiar la papeleta y probar al capo local que se ha obedecido. «En un fenómeno vastísimo, en este mismo mercado en las elecciones se vende dignidad por comida. Se dan lavadoras, móviles con recargas, una compra del supermercado, se pagan facturas, todo vale para gente desesperada», denuncia Anna Finocchiaro, la candidata a la presidencia de la región del PD de Veltroni y una de las mujeres más valoradas de la política italiana. Está en el precioso mercado callejero del Capo, en el viejo Palermo, en un pequeño mitin, porque en Sicilia hay elecciones regionales tras la dimisión de Cuffaro.
Finocchiaro comparte cartel y campaña con Rita Borsellino, la hermana del legendario juez Paolo Borsellino, asesinado con Falcone en 1992. Es un símbolo de la lucha contra la Mafia, una mujer de una pieza. «Éste no es un pueblo libre, la gente está condicionada porque debe satisfacer sus necesidades primarias y la Mafia lo esclaviza», lamenta. También está Pina Maisano, viuda de Libero Grassi.





