No es de rigor mezclar lo virtual con la realidad, eso al menos es lo que recomiendan nueve de cada diez expertos. No me refiero a mezclar por mera disposición o indisposición genética, las cosas de la vida con las cosas de los sueños, de la imaginación, de las pesadillas. De eso hay tratados más que suficientes, hay literatura en abundancia y contrastadas teorías. 'Lo virtual' aquí, viene a ser ese universo de internet, sus vastos dominios y algunas ramificaciones digitales. Viene a ser la red y sus globalidades. De esto hay también estudios, gráficos, comparativas y finuras varias, pero es un territorio que se deja acotar a duras penas. Entre otras razones, porque a su esquiva naturaleza contribuimos todos, sin agotamiento de temas ni prejuicios de formas. Los contenidos y sus continentes cabalgan a la misma velocidad, por las famosas autopistas virtuales. Es un espacio universal dotado de atractivos tan, a veces, estimulantes y ricos, que superan las barreras de la realidad estipulada. Se mezcla con ella sin embarazo alguno, con prepotencia incluso. Una de las últimas bobadas que me entretienen es el correo basura, esa cosa. Me entretiene con angustia, sí, pero me entretiene. Nunca había prestado atención al enigma que se acumulaba en mi buzón, ya que los filtros actúan con la precisión de un colador chino. Veía como iba subiendo el número de mensajes y sus relucientes dígitos desaparecían al mes, sin más contemplaciones. Pero hace unas semanas, abrí la carpeta y ahí estaban, los anuncios directos, la mayoría en inglés, interpelándome desde la pantalla. Y cedí, porque la mezcla virtual me entusiasma. Puedo decir que, estadísticamente, mi mundo spam me supone hombre, de mediana edad y con ganas de jolgorio sexual. Me supone lleno de fervorosas ansias físicas, como trotar por el Himalaya o bucear entre los arrecifes autralianos. Refleja otras peculiaridades que ando ahora analizando, pero que tienen que ver, ya les adelanto, con las crisis financieras (hay mucho casch y mucha credit cart) y los requiebros sentimentales. De hecho, nunca antes me han piropeado tanto, ni tan a menudo y ni con tal intensidad. Mi realidad virtual, si hubiera que analizar la muestra estadística, sería lastimosa. Una amalgama de vacíos físicos y angustias psíquicas. No quiero, por ahora, dejarme llevar en un análisis precipitado. No obstante, como dijo Durkheim, la estadística expresa cierto estado del alma colectiva.





