
Si bien la fecha en la que descubrieron la cueva está meridianamente clara -todos hablan del día de San José de 1968-, con respecto a las pinturas hay mucho menos consenso. A pesar de que varios de sus compañeros sitúan el descubrimiento en el 12 de abril, el riosellano Jesús Fernández Málvarez asegura tajantemente que fue durante el Jueves Santo, un día antes. «Lo sé porque me pasé toda la noche buscando flashes por Ribadesella para fotografiar las representaciones», explica apoyándose en un cuaderno de notas que ha ido confeccionando a lo largo de estos años. La noticia, en cambio, tardaría unos días más en llegar a los medios de comunicación y lo hizo casi de casualidad, merced al avispado cronista de la villa, entonces Lorenzo Cordero, que «nos oyó hablar de cómo mantenerlo en secreto hasta que supiéramos a quién teníamos que dirigirnos. Nuestra gran preocupación siempre fue proteger el patrimonio y que nadie cayera por el pozo», asegura Pía Posada.
Aguas menores
A buen seguro, ninguna de las muchas crónicas que hubo hizo referencia a las necesidades menores de Adolfo Inda que son, en realidad, la razón por la que ahora la Cueva de Tito Bustillo sea un referente importantísimo en el arte rupestre. Cuenta Adolfo que pasaron todo el día en la caverna, comieron -Amparo Izquierdo recordaba ayer las sardinas con «arena de gruta» que se zamparon- y pasearon por las galerías, «maravillados» con el enclave, hasta bien entrada la noche. Entonces, «me separé del grupo porque quería mear y me subí a un pequeño argayo», dice Inda. Al elevar la cabeza, la luz del casco que llevaba iluminó una zona en la que nadie había reparado antes. El grito no se hizo esperar: «¿Venid, que hay unas pinturas por aquí!».
«En un principio, ninguno le creímos», afirman entre risas, pero se acercó Jesús y al ver lo que ahora se conoce como 'El camarín de las vulvas' lo confirmó. «Nuestra reacción fue separarnos en cuadrillas para buscar más pinturas por las distintas galerías». Y las encontraron, claro. Ahí estaba el perfil del caballo en negro del gran panel. «Al ver su belleza, Fernando Marcos no se resistió a pasar un dedo por el lomo del caballo para ver si la pintura era fresca», añade Elías Ramos. Lógicamente, no lo era.
Tan sólo diecinueve días después fallecía Tito Bustillo, a la salida de una cueva en Quirós: «Su muerte nos dejó a todos tocados», explica Ramos que presenció su trágica muerte. Los miembros del grupo de montaña decidieron, a modo de homenaje, pedir a la Diputación que la cueva, que se iba a llamar Torreblanca, se llamará Tito Bustillo. «Quisimos que Tito se llevara toda la gloria», explica Amparo Izquierdo. Algo que para la familia «fue un orgullo», corrobora Eloísa Fernández Bustillo, hermana de Tito. Para siempre quedarán la solidaridad y el compañerismo de aquellos días. «Lo demás se lo dejamos a los expertos».





