
Ni el 'blackjack' ni las máquinas de videojuegos le llamaron nunca la atención. Una lesión en la rodilla le obligó a dejar el deporte a los 14 años y el tiempo libre hizo que frecuentara una sala de máquinas en la calle López de Vallado. «En lugar de jugar a otra cosa me dio por el billar, y se me daba bien». Defiende, sin embargo, que ser autodidacta no funciona en este juego. «Puedes coger puntería, pero no sabes cómo colocar las bolas». Su amigo Miguel Ángel Muñoz Viñuela le dio las primeras lecciones. Y le dedicó 80 horas durante dos meses.
A partir de ahí, empezó a competir en torneos locales y regionales y a acercarse cada vez más al cuadro ganador. Lo suyo es el billar americano, en concreto el Bola 9 (aunque curiosamente, en Estados Unidos jugará Bola 8). Primero formó parte del Club Villa de Faro y ahora pertenece al Club Billar Snooker de Oviedo, con sede en Bermúdez de Castro.
Reinvirtió los premios en un palo con incrustaciones en nácar y forma octogonal. «Normalmente son cilíndricos, pero este tiene más agarre», explica. Al precio, 1.350 euros, le quita importancia, porque «los hay de 6.000 y 8.000 euros». El de nácar no es su único palo. Tiene otros dos más: uno para romper las bolas y otra para saltar.
Ignacio practica unas 12 horas a la semana, en especial los fines de semana. «Me dejaré unos 20 euros a la semana en pagar la mesa». Bien sea con lo que gana en las competiciones o con su sueldo en la empresa Mantecados Arias, lo cierto es que lo paga de su bolsillo hasta que encuentre patrocinador, una cuestión que no deja de ser «difícil», lamenta.
La primera vez que viajó a Las Vegas, lo hizo con la federación asturiana. Ganó un torneo regional que le llevó a cruzar el charco y a sufrir «las 13 horas de vuelo por el camino corto, que con las escalas son 24». Al llegar al hotel Riviera, se encontró con más de 3.000 jugadores y 245 mesas de billar. «Causa sensación. Encontrar la mesa ya me llevó un rato», recuerda. La primera experiencia, no le salió tan mal. Quedó entre los 400 primeros.
Los nervios
Regresó a España con una nueva mentalidad. «Aprendes estrategia y a calmar los nervios. Ves que la gente es más calmada». Lo que no cambió fue su ritmo de entrenamiento. «Consiste en probar jugadas que no se te dan bien y en lograr concentración y estrategia». Pero que nadie quiera aprender a jugar al billar con un manual, porque «no hay posturas típicas, cada jugador tiene las suyas», afirma.
Seis años más tarde, entre el 10 y el 17 de mayo, volverá a la capital de Nevada con otros dos asturianos: el avilesino Noel Mediavilla, de la categoría Segunda B, y el gijonés Marcelino Santirso, de Tercera. «Habrá que intentar quedar lo que mejor se pueda, formarse y aprender», desea. Lo mismo pensaba cuando quedó subcampeón en la máxima categoría del campeonato organizado por la Confederación Española de Pool y la Real Federación Española de Billar en Huesca. Fue en marzo, y ya está con un pie en Las Vegas.





