O sea que, descartada la envidia, nos queda la insuficiencia: es que no entendemos el juego. Somos tontos. Y no, oiga, no: todos lo hemos entendido desde el principio. Aquí se trata de ver quién hace la payasada más gorda; no hay más que eso. Habida cuenta de cuál ha sido la evolución reciente de Eurovisión, nadie discutirá que la apuesta es coherente. Aunque siempre se podrá objetar que si la evolución de Eurovisión ha sido esa, y no otra, es precisamente porque demasiada gente ha jugado a ver quién hace la payasada más gorda. El problema no reside en entender la payasada, como sostiene el doctor Buenafuente, sino en que nos parezca bien o mal, hermosa u horrorosa, decente o indecente, digna o indigna; en que nos guste o nos disguste la imagen de la televisión española (y, por desgraciada extensión, de España) que el invento va a difundir por Europa. A mí, y probablemente a usted, me parece mal, horrorosa, indecente, indigna, y me disgusta hondamente que un ciudadano de Zagreb, Frankfurt o Montpellier identifique la imagen de España con el 'Chiki chiki'; me disgusta porque, hasta que me cambien el carné de identidad, soy español, y porque la marca que va a pasear por ahí a «la mulata con las bragas en la mano» es TVE, cuyos dineros salen de mis bolsillos.
Es perfectamente posible que Buenafuente, pese a su aguda inteligencia y profundo conocimiento de todas las cosas, sea insensible a estos argumentos. Eso ocurre a veces con la gente así de lista, que es incapaz de descender al nivel de nosotros, los tontos. Aunque, después de todo, «tonto es el que dice tonterías», como descubrió aquel otro científico señero de finales del siglo XX, el doctor Forrest Gump.





