
-Enumere algunas de las virtudes de nuestro idioma.
-Es una lengua riquísima, con un vocabulario muy amplio, que se ha descompuesto mucho menos que el inglés.
-¿El inglés se ha descompuesto?
-Se ha simplificado más que el español, se ha vuelto un idioma funcional.
-Pero nos está ganando la batalla.
-No hay que analizarlo como una guerra. La investigación y los medios tecnológicos los dominan los países de habla inglesa, sin embargo para expresar emociones, para explicar cómo es el hombre, el español ofrece una asombrosa gama de matices.
-¿Usted entiende que unos señores tan sesudos, sabios e inteligentes como los académicos hayan aprobado 'guay'?
-Los modismos demasiado volátiles no deberían entrar en la Academia. En cambio hay palabras que utilizaban nuestros padres, abuelos y tatarabuelos que yo aprobaría.
-¿Por ejemplo?
-Cegarato.
-¿Qué significa?
-Es un cegato agudizado; el que ni ve ni se entera. Siempre es preferible un arcaísmo a un idiotismo.
Brevedad
-Al público le encantan sus 'minicuentos'.
-Empecé a escribirlos como un juego y me han dado muchas satisfacciones.
-¿Por qué tiene éxito este género, por su atractivo literario o porque la gente es cada vez más vaga para leer?
-Si aciertas a contar una historia atractiva en pocas palabras, el público se queda con ganas de más. El problema surge cuando se pretende que cualquier cosa sea un 'minicuento'. Es un género fácil de adulterar.
-Háblenos de sus relatos favoritos, esos que aconsejaría sin ninguna reserva.
-Podría mencionar veinte o treinta, pero escogeré un puñado: 'La ventisca', de Alexandre Pushkin, una maravilla; 'La corista', de Chejov, otra maravilla; 'Rikitikitabi', de Kipling, un relato que mezcla tradición y fábula. Un cuento que a mí me entusiasma porque en cuatro páginas te da todo un mundo es 'Lo desconocido', de Pío Baroja. Continuando con la tradición realista habría que incluir 'Los hombres del amanecer', de Ignacio Aldecoa, que trata de dos hombre viejos y sin recursos que se dedican a buscar bichos, y 'Rosamunda', de Carmen Laforet. Y finalizaría con 'Continuidad de los parques', de Cortázar, que es uno de los mejores ejemplos de 'metaliteratura', de cuento dentro del cuento.
-¿Qué pasó con Carmen Laforet? Después de 'Nada' desapareció.
-Tuvo el mismo problema que Tolstoy: la pasión religiosa. Yo no creo que la fe y la literatura sean incompatibles, pero ella descubre la fe y le hace abandonar la literatura. Como cuentista era muy buena. Tiene cuentos magistrales.
-¿Ha leído a Ken Follet?
-No. Cuando me apetece leer literatura popular elijo a Stephen King. Es un maestro en organizar tramas y crear suspense. Le admiro. No hay que desdeñar la literatura popular. Hay buena y mala literatura popular y hay buena y deleznable literatura intelectual.
-¿Le marcó su infancia en León?
-Es mi escenario natural. Cuando voy allí huelo distinto, es como regresar muchos años atrás.
-Un consejo para descubrir la ciudad.
-Rodear las murallas que están al pie de San Isidoro, subir por esas placitas que son una maravilla, ir a la catedral y concluir en la plaza mayor. El viejo solar de la Legio Septima sigue siendo lo que más me gusta.
-¿En qué trabaja en estos momentos?
-Este mes de mayo saco un libro de relatos que se titula 'Las puertas de lo posible (cuentos de pasado mañana)', publicado por Páginas de Espuma, y ahora estoy dándole vueltas a una novela cuyo núcleo central, digámoslo así, es una tesis doctoral sobre la primera guerra carlista. El protagonista es un treintañero. Dicho en corto puede parecer una cosa árida, pero confío que resulte muy entretenida.
-¿Le agobia ser cada día más famoso?
-No soy famoso, pero a la fama hay que ponerle coto porque si no andas listo te puede devorar.





