DIRECTOR DE ESCENA Y BAILARÍN

-¿Cómo surge su pasión por la danza?
-En un primer momento, por curiosidad. Siempre me gustó enfrentarme a nuevas cosas que me ofreciesen retos personales. La danza me presentaba este reto y, poco a poco, me fue envolviendo más, hasta acabar siendo lo que es hoy: algo que está presente en mi vida las veinticuatro horas del día.
-¿Cree que los jóvenes de hoy tienen el sentido de la disciplina necesario para aprender a bailar?
-Es difícil, hoy nadie quiere trabajar la técnica y, realmente, es lo fundamental, porque es lo que puede diferenciar a un buen de un mal bailarín. Hoy en día prima el resultado y el éxito rápido, y para llegar a ser un buen intérprete hace falta mucho tiempo y, sobre todo, tener la cabeza muy bien amueblada. De nada valen las pajarerías que vende la televisión, no representa para nada la realidad.
-Está representando una obra sin texto, ¿se puede transmitir todo a través del baile?
-Por supuesto. La danza es otro canal de transmisión diferente entre los muchos que existen codificados. El código es diferente, pero el mensaje puede ser tan claro, o incluso más, que en el lenguaje verbal o el escrito, con los que estamos tan familiarizados.
-¿En qué se basa el trabajo de los personajes de la obra?
-Tratamos de crear un personaje de base en cada escena, dado que la obra transcurre en diferentes momentos históricos y los personajes no se mantienen de un periodo a otro, excepto el del barman, al que vemos como un viejecito en los años 80 para transformarse inmediatamente en un joven de los años 20.





