Dos. Le da por pensar al articulista si algo de eso le ha sucedido al Parlamento asturiano. Recuerden que, ya desde navidades, parecía haberse autodisuelto y no mostró síntoma alguno de recuperación hasta el pasado miércoles. Es más, toda su actividad durante más de casi cuatro meses fue nula y, si podíamos pensar que esto era debido al proceso electoral nacional, éste ya estaba completamente superado y hasta se ha realizado toda una sesión de investidura. O sea que, al igual que el ordenador, a nuestro Parlamento, un día le dio por no arrancar y todo el mundo parecía haberse olvidado de él. Si los funcionarios de Justicia han estado dos meses en huelga y tampoco ha habido un clamor ciudadano para que volviesen al tajo, en el caso de nuestro Parlamento le ha sucedido algo parecido. Nadie lo echa de menos. Los sistemas informáticos y políticos, definitivamente, comparten algo: cuando se paran, no hay dios que los vuelva a poner a funcionar.
Y tres. Pero el caso es que en el disco duro parlamentario está cargado más que nunca de cosas importantes. Esta legislatura debería de ser la de la aprobación del Estatuto que, pese a que al ciudadano le importa muy poco, es una norma que marcará el futuro de nuestra comunidad. Y, aunque, como hemos dicho, la computadora parlamentaria no arranca, sí hemos visto destellos de que tendrá su importancia en el debate que algún día tendrá lugar. De hecho, el sistema de alertas que antes reclamaba para que nuestros ordenadores no nos dejasen tirados, en el caso parlamentario, funciona perfectamente. Un día sí y otro también se oyen comentarios en torno a cómo se debe formalizar su aprobación, pero sin concretar absolutamente nada. Pueden que unos digan que la financiación tiene que ser recogida de una manera o de otra, puede que le intente dar una forma determinada a las reivindicaciones lingüísticas o puede que fijemos la capitalidad. Pero, en definitiva, nada más que comentarios para salir en los titulares de prensa. El hecho claro y preciso de formar comisiones para ir avanzando no se produce. Más bien, se le quiere dar un largo plazo que posiblemente concluya al final de la legislatura, es decir, dentro de cuatro años, y que dejará a todo el mundo muy satisfecho porque considerarán que la labor parlamentaria ha sido excelente. Definitivamente, la política y la informática comparten otra cosa: producen frustración.





