Don Ramiro Fernández fue la persona más criticada en los años setenta y ochenta dentro de su sector, por su afán de cambiar el mundo de la peluquería masculina, hasta entonces más conocido por barberías, y el paso del tiempo demostró que los que criticaban se iban quedando por el camino y los que construían triunfaban, como es el caso de Ramiro Fernández.
Cuando tuve la suerte de conocerle, conocí a un joven de poco más de treinta años, con una idea clara en su cabeza: enseñar a los demás lo mucho que ya por aquel entonces sabía, e inculcar a los futuros peluqueros la psicoestética y los recursos humanos aplicados al sector en el que él se movía.
Quien le iba a decir a doña Candela cuando le dijo «me das pena, hijo eres tan ruinín», que siendo tan ruinín iba a llegar a tener el prestigio que ha conseguido a base de trabajo y esfuerzo. Y que orgulloso se tendría que sentir hoy el que se conocía por el sobrenombre del 'entibador', don Dionisio Fernández, fallecido en 1973 y padre de Ramiro, del que heredó tres virtudes fundamentales que le ayudaron a ser lo que es: la humildad, la constancia y la capacidad de reflexión.
Cuando empezó en esta guerra había dos frentes, la peluquería mecanicista y la que él proponía, la psicoestética. La diferencia era grande, la rutina de la primera contra la de buscar en cada peinado una relación con la expresividad de cada hombre. El imponer la segunda no era tarea fácil. Había que cambiar el pensamiento del cliente y de los profesionales. A los primeros, acostumbrados a una sociedad machista, resultaba tarea ardua hacerles ver que un cambio de imagen les iba a beneficiar, pues primero había que explicarles qué era un cambio de imagen y después convencerles de que, con eso, no perdían su masculinidad. Y a los segundos mostrarles que, para poder seguir siendo competitivos, debían empezar a reciclarse y en la mayoría de los casos, después de haber completado su jornada laboral.
Qué acertadas fueron aquellas declaraciones en el desaparecido diario Región en las que don Ramiro decía: «las peluquerías que dentro de dos o tres años no se sirvan de los métodos psicoestéticos quedarán relegadas a una segunda categoría. Serán como un hotel sin estrellas».
Esa frase me da pie para hablar de la otra faceta que el maestro, como él llamaba a don Pascual Iranzo y que yo ahora le llamo a él, trabajó: los recursos humanos aplicados a la peluquería. No es lo mismo llegar al hotel de la Reconquista y que te ofrezcan un trato exquisito que llegar a un hostal donde apenas te dan las buenas noches. Es diferente entrar hoy en un salón de peluquería y tener un profesional que te atienda con la misma confidencialidad que un médico a su paciente. Si mi abuelo Evelio, que era barbero en Valdefarrucos, concejo de Aller, saliera de su tumba volvería a meterse en ella con una frase muy suya «¿qué carajo ye esto!».
Ramiro supo aplicar los recursos humanos en los profesionales de la peluquería, una forma diferente de tratar al cliente y cambiar los hábitos de cara al que, al fin y al cabo, es el que te da de comer, y hacer que éstos se sientan en un salón de peluquería tan cómodos y relajados como si estuvieran en un balneario haciendo una cura de estrés.
Una fuerte apuesta la que hizo este allerano de Nembra, hoy ya allerano de todo el concejo, pues no hace mucho fue nombrado hijo predilecto, en la que muy pocos creían y que, gracias a su propio tesón, hizo de Don Ramiro profeta de la psicoestética y maestro de maestros. Ahora pasas a un plano más relajado; y lo único que te puedo decir, a nivel personal, y tú lo sabes bien, es el grandísimo cariño que te tengo. Y agradecerte, una vez más, lo que fuiste capaz de inculcarme cuando era un jovencito, que aún no tenía claro lo que quería, que «la seguridad en uno mismo es la piedra angular para al menos intentar triunfar en la vida».
Y a nivel genérico, espero que después de cincuenta años dándolo todo por la profesión que tanto amas, y que estoy seguro seguirás amando, continúes con tus proyectos adelante, aunque sea a la sombra de alguno de los grandísimos profesionales que supiste crear.
Gracias maestro, se te quiere.





