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Cuencas

LA LUCIÉRNAGA
Gente (v): Jose
16.04.08 -

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Seguimos paso a paso haciendo la cartografía humana de las gentes del Valle del Nalón que sin ser noticia de actualidad componen la actualidad misma de cada día. Seres más o menos anónimos que al contarnos su vida trazan perfiles que demuestran -de esa idea partió la serie- la singularidad y el prodigio de cada existencia.

José Ángel Álvarez García nació en 1961, en Les Pieces, altura hermosa del distrito de Sama (Langreo). Hijo de padre minero y cuarto de cinco hermanos, perdió a su madre por un derrame cerebral cuando sólo contaba 39 años. Ese trágico episodio se ramificaría posteriormente con toda su carga dramática.

Sin embargo, José Ángel es persona que pierde pocas veces la sonrisa. Polemista y dueño de un humor perspicaz, podría decirse que mezcla bien la escuela estoica y la epicúrea. Hacer frente a la vida y las ganas de vivir.

Hizo estudios de Electrónica en el Instituto Politécnico, de La Felguera. Y a los quince años ya trabajaba como aprendiz en Duro Felguera, mientras continuaba asistiendo a las aulas nocturnas. «No quería ser una carga familiar», explica.

Junto a él, entraron en la empresa otros aprendices que adquirirían renombre en la lucha sindical. Por ejemplo, Manuel Sánchez Terán o Gerardo Campa. De ambos vierte elogios. Del primero, destaca «la inteligencia y la mente abierta, aunque se obsesionó con el conflicto». De Gerardo, estima «su idealismo, que en ocasiones tal vez era de piñón fijo».

El conflicto fue, claro está, el de los despedidos de Duro Felguera, que involucró al mismísimo arzobispo tras el encierro en la catedral de Oviedo.

Pero, José Ángel se había marchado en fechas inmediatamente anteriores para emanciparse como empresario. Se acogió a las bajas incentivadas y se orientó a la rama de sonido e imagen. Hoy tiene tiendas abiertas en La Felguera, Gijón y Oviedo.

Así había remontado la crisis cuando sufrió un derrame cerebral como el de su madre. Fue en 2006. Se le trasladó a La Coruña para intervenirle y esta vez el destino -y los avances de la medicina- han sido clementes. Dice que en ese momento «no hubo tiempo para sentir miedo». Su única preocupación fue la de no quedar convertido en un vegetal. «Prefería morir, antes que sobrevivir sin vivir». Y lo cuenta, ya digo, con esa sonrisa de quien nunca ha estado al borde de la muerte.

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