
Claro, luego, cuando la movilización se emplea en contra de ellos, la cosa no les hace tanta gracia. Jugar con fuego le llaman a eso (en este caso, de neumáticos). Y siempre resulta peligroso. Lo sorprendente es que esto de escupir para arriba (también conocido como mear contra el viento o tirar piedras contra el propio tejado) no es tan extraño como podría parecer. Hay demasiada gente dispuesta a sacrificarse; y sacrificarse mucho; sólo para conseguir que se fastidien los demás. No para conseguir un beneficio. No. Ni siquiera para ellos mismos. Qué va. Sino, como digo, sólo para conseguir que se fastidien los demás.
Recuerdo que cuando empecé la carrera (tampoco hace tanto) las clases comenzaron con dos semanas de retraso. Éramos tantos por curso que, literalmente, no cabíamos. No sabían qué hacer con nosotros, no había información, fue un completo desastre. Las primeras horas de aquel primer día resultaron especialmente caóticas. Algunos profesores no se presentaron en el aula y los que lo hicieron se limitaron a darnos cuatro indicaciones rápidas y se marcharon. Al final de la mañana, el ambiente general era de estafa. Los estudiantes estábamos realmente cabreados; nadie parecía hacernos caso. Y fue entonces cuando algún iluminado (repetidor, por supuesto) propuso vehementemente que hiciéramos una huelga. Una huelga general como medida de presión. Una huelga general indefinida porque ya estaba bien de tomarnos el pelo, coño.
Afortunadamente, la cosa no prosperó. Y menos mal. Porque sólo nos faltaba eso: que para protestar porque no había clases, la solución fuera obligarnos a no ir a clase. Gracias a Dios, como digo, se impuso el sentido común y los estudiantes pudimos optar libremente entre no ir a clase porque no queríamos o no ir a clase porque preferíamos tomar algo. Que, por cierto, era lo que hacíamos la mayoría, incluido el iluminado repetidor.
En cualquier caso, la cosa no acabó ahí. En tercero de carrera volvimos a vivir un episodio similar. Por una serie de chapuzas administrativas, cuando llevábamos casi un mes de curso, seguíamos sin profesor de Hacienda. Ni titular, ni suplente, ni nada: sencillamente no había clase. Intentamos solucionarlo hablando con el director del departamento, con el decano y con el vicerrector. Pero no hubo manera; aquello no tenía manera de solucionarse. Entonces celebramos una asamblea. Queríamos protestar, denunciar esa injusticia y volver a tener un profesor. Por supuesto, entre las ideas brillantes también se escuchó la palabra huelga (y es que hay gente muy obsesiva con ciertos temas). Y, aunque hubo un pequeño debate al respecto, la verdad es que, entre todos los afectados, conseguimos encontrar otras fórmulas para solucionar ese problema sin tener que dejar de ir a clase. Se conoce que ya no éramos primerizos.
Sea como fuere, la verdad es que todo aquello dio un poco igual. Y es que, al final, después de pelear, en estas y en otras muchas ocasiones, por nuestro derecho a recibir clases, los que se terminaron poniendo en huelga fueron los profesores. Sí, sí, los profesores. Ellos, los que se suponía que nos estaban formado en el conocimiento y en el respeto a la ley y al Estado de derecho. ¿Y saben para qué lo hicieron? Pues no fue para conseguir mejoras en el sistema educativo, un enfoque mucho más práctico de la docencia o la paz en el mundo. No. Su motivación fue mucho más sencilla: los de no sé qué facultad lo habían hecho primero y habían conseguido que les subieran el sueldo. Cinco mil pesetas. Y así nos lo explicaron a los estudiantes. A la cara. Con un par.
En fin, en ese ambiente me crié yo, señores. Y, como yo, todos los de mi generación. Eran los años ochenta; los años del «hai qu'armala» de Mario Conde y compañía, y del «compromisu solidariu coles cuenques». Es decir, los años de «reclama tus derechos, busca tu beneficio y tira para ti, que luego ya vendrá papá Estado a tapar todos los agujeros». Y, bueno, no nos debió de ir tan mal, porque veinte años después estamos siguiendo el camino de nuestros profesores y cada vez nos animamos a convocar más y más huelgas. Huelgas y más huelgas porque ya está bien de que nos tomen el pelo, coño.
¿No me creen? Pues sepan que, en España, las horas perdidas por huelgas subieron un 85,3% en enero y febrero de este año 2008. Y sigan atentos a sus pantallas porque cualquier día de éstos vamos a ver a los constructores convocar una huelga indefinida en el sector porque no hay derecho a que la venta de pisos esté cayendo como está cayendo, coño.
Y no se sorprendan tanto, que yo ya vi cosas peores.





