Quién podría sospechar que, visto por donde camina nuestra sociedad actual, los postulados de los revolucionarios franceses, que a golpe de guillotina acabaron con el Antiguo Régimen más de doscientos años después, iban a disfrutar de una modernidad y vigencia que hace 25 años casi todos discutíamos. Y es que aquella revolución burguesa se hizo para acabar con la sociedad estamental, una sociedad constituida por grupos cerrados a los que se accedía fundamentalmente por nacimiento, y jurídicamente desiguales. Sus componentes eran portadores o no de unos determinados privilegios en función de su pertenencia a uno u otro estamento. Estos privilegios consistían en la exención de determinadas obligaciones y el derecho a ventajas exclusivas. Pues bien, al crecimiento de una nueva sociedad estamental asistimos, algunos impávidos, otros incluso alborozados, desde posiciones de un falso progresismo.
Hay hechos recientes de nuestra vida política que son ejemplos nítidos de esta regresión. Por una parte, la exaltación de las identidades como base para atribuir privilegios a los habitantes de determinados territorios. Ahí está el proceso de reformas estatutarias emprendido por la necesidad de tapar la reclamación de privilegios por los nacionalistas catalanes. Y, por otra, la política de cuotas a la que resulta tan aficionado nuestro flamante presidente de Gobierno, y cuyo fiel reflejo es la composición del último Gobierno de la nación, hecho a golpe de cuotas. Ministros de cuota territorial -ya sea ésta gallega, andaluza o catalana- y la exaltación de todas las cuotas: la cuota de género. Esta última palabra, qué quieren que les diga, no acaba de convencerme. No sé si por tener una madre modista o por alguna razón oculta en el subconsciente, pero género me suena a telas, a mercancías de los comercios. Y de verdad que hoy el género cotiza al alza en la bolsa de la política.
Un resumen de esta visión que nos gobierna es la foto de las ministras con su presidente (regreso al pasado: ¿se acuerdan del reportaje para 'Vogue' de hace cuatro años?) o la propuesta lanzada por el candidato Zapatero en el debate de investidura: para luchar contra la lacra de la violencia contra las mujeres, convocará una Conferencia Interterritorial de Presidentes Autonómicos. La culminación de la visión estamental, el género y la España a cachos.
Al golpe de efecto de la composición de un Gobierno con más mujeres que hombres lo acompaña la creación de un Ministerio de la Igualdad. Y en lo tocante a igualdad, si se crea un ministerio, cabría pensar que su misión sería acercar las condiciones de vida de quienes se encuentran más alejados en la escala social, y ahí el colectivo más castigado y en riesgo de exclusión social son los inmigrantes, pero, claro, las políticas de inmigración vienen atribuidas al Ministerio de Trabajo. Y si hay un instrumento público que puede favorecer la igualdad, no cabe duda de que es la educación; pero, claro, para eso ya hay otro ministerio. Qué afición a jugar con las palabras; lo suyo sería hablar del Ministerio para la Igualdad de Género o directamente Ministerio de la Mujer.
Por concluir y no aburrir más, puestos a crear ministerios para defender los grandes principios y por ser más completos y modernos que nadie, uno reclama que se cree el Ministerio de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. Salimos en los titulares de toda la prensa mundial, seguro.





