A algún colega le he oído después que el lance fue tan triste, tan patético, que Antena 3 tenía que haberlo interrumpido, porque era evidente que ese hombre no era dueño de sus actos. El argumento es piadoso, pero deliberadamente gratuito: tal y como está la tele, ningún canal detendría un espectáculo así, al contrario. Digo más: realmente me pregunto si el propio Pajares no había ido allí precisamente a eso, a escenificar su propia desdicha, que por otra parte no es ficticia, sino muy real. Ahora había que preguntarse cómo ha podido Pajares, un actor de enorme fama y gran éxito popular, acabar en una situación tan lamentable. Esta parte de la historia la conocerán perfectamente quienes hayan seguido en los últimos años el tremendo culebrón de esa familia.
Yo, quizá como usted, sólo sé que el entorno familiar de este señor, en pleno y probablemente sin excepción, lleva años pasando por la tele todas las semanas para echarse estiércol encima. Todos han aparecido allí por el único mérito de ser precisamente entorno de Pajares, sin otro oficio conocido. Es difícil saber hasta qué punto pudo empezar todo como un negocio más, una variante como cualquier otra de ese tipo de parasitismo tan característico de la tele y que igualmente rentable resulta para el parásito como para el huésped. Lo que apareció allí, en la cámara de los horrores de Cantizano, fue un hombre aniquilado. Un desastre al que no es ajeno el negocio de la televisión.





