
Los integrantes de la Joven Orquesta de Cámara de la Escuela Internacional de Música de la Fundación Príncipe de Asturias echaron el resto para contentar al público que ayer se dio cita en el Arnold Schönberg Center para escuchar en sus instrumentos música contemporánea, la que firmó precisamente Schönberg un siglo atrás y la de dos compositores, uno austriaco y otro español, vivos. Las dos últimas fueron las primeras en escena. Son también las más cortas y menos armónicas, las más modernas, las más de hoy, las que se han escrito en el siglo XXI.
Arturo Tamayo, un director español de apabullante currículo, se encargó de dirigirles en una ocasión tan especial, que arrancó con 'Annotationes', de José Luis de Delás, una obra que el Premio Nacional de Música de 1995 compuso en el año 2003. Este octogenario barcelonés afincado en Alemania no estuvo ayer en Viena, como era su deseo, para escuchar a la joven orquesta revivir su música, pero quien sí pudo disfrutar su obra en vivo y en directo fue Christian Oferbauer, el autor de 'Unordentliche inseln/de la motte fouqué-vertonung für ensemble'. Si difícil es pronunciar el título que puso a su trabajo con gargantas romances, tampoco es sencilla la interpretación de la pieza. Pero los jóvenes músicos pasaron la prueba y se llevaron sus aplausos. Finalizada la interpretación, Oferbauer se fundió en un abrazo con Tamayo y agradeció con expresivos gestos a los chicos su buen hacer. Dejó esta obra espacio para el descanso de los instrumentistas, algunos de los cuales estuvieron durante las obras-piezas en escena, como violines, chelo y contrabajo, mientras otros, como piano y órgano, aguardaban su turno.
Momento especial
Llegó por fin el momento más especial de la noche, porque les tocó dar vida a una de las piezas más emblemáticas del siglo XIX, la Sinfonía de cámara Op.9 de Schönberg, el compositor austriaco cuya 'casa' les dio cobijo en el marco del Spanien Modern Festival organizado por el Instituto Cervantes. Se trata de una pieza que condensa toda la fuerza de una sinfonía en 25 minutos y de ahí su tremenda dificultad, porque esa síntesis requiere de intensidad en la interpretación, requiere un duro trabajo para hacer visible una música muy libre en sus relaciones tonales. Salieron airosos dando vida a una sinfonía que se estrenó precisamente en la capital austriaca en 1906 con la Filarmónica de Viena como protagonista. Necesitó la orquesta de entonces de unos quince ensayos, muchísimos para semejantes virtuosos, para ponerla en marcha, lo que da buena cuenta de su complejidad. Y es que fue precisamente en Viena donde nació un compositor convertido en artista integral que compaginó la música con la pintura y que, si bien murió en Los Ángeles, vivió en España varios años. Hicieron los jóvenes sonar su música de manera muy intensa, con un final absolutamente vibrante que emocionó al público que llenaba la pequeña sala. Fue entonces cuando resonaron los aplausos, cuando Tamayo, que ha dirigido a las mejores orquestas de Europa, salía y entraba de sala para dejarse aplaudir junto a los chicos y chicas, perfectamente uniformados en negro, y para darles la enhorabuena uno a uno por su trabajo. Ellos, centrados en la interpretación hasta ese momento, sonreían ya por fin relajados .
Entre quienes aplaudían, el director del Instituto Cervantes de Viena, Carlos Ortega, y, por supuesto,
Yuri Nasushkin, director de la escuela de la Fundación y quien les dirigió en los ensayos previos.





