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18.04.08 -

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EN los años cincuenta, y por las calles de Cangas de Onís, podía escucharse a un conocido personaje de la ciudad que, en medio de sus casi diarias borracheras, gritaba a quien quisiera oírle, y dado el tono de su voz también a los que no quisieran, que «los de cangues somos todos aristócratas porque descendemos del último botón de la bragueta de Pelayo».

Viene hoy a esta página de EL COMERCIO aquel grito de pacífica guerra tras escuchar las declaraciones -primero del alcalde de Oviedo, perdedor de elecciones en cuanto asomó las narices fuera de la ciudad que inmortalizó 'Clarín' y, después, de su homónimo cangués, al que siguieron el de Pravia y otros- reclamando capitalidades, cuando todavía el nuevo Estatuto de Autonomía, por el que deberá regirse este histórico territorio, intenta dar sus primeros balbuceos, caracterizados por éstos «declaraciones de políticos» más preocupados por colocar, aunque sea con calzador, aspectos que la mayoría de la población no llega a comprender, por una parte, y, por otra, la desidia de una sociedad civil, que, lejos de intentar logros colectivos, decidió hace tiempo ya apostar por «un sálvese el que pueda», y que no parece entusiasmada con una reforma estatutaria que le resulta ajena.

Da la sensación que este salir a la palestra de los dos alcaldes, reclamando el de Oviedo privilegios económicos y tratamientos singulares el de Cangas, poco o nada tiene que ver con el deseo de que nuestra comunidad disponga de un buen instrumento legal que resulte útil o por el amor que uno y otro sienten por Asturias.

Tampoco se percibe que lo que los mueva sea el amor a las ciudades que representan. Más bien parece que la aparición de Gabino de Lorenzo exigiendo extraños derechos es una forma de lamerse las heridas tras su derrota y que este hecho llevó al alcalde de Cangas a contestarle con aquel popular axioma de «ya que no quieres taza vas a tomar taza y media», que puede estar muy bien en discusiones infantiles, pero que pierde seriedad cuando se habla de los intereses generales de más de un millón de personas que habitan en esta región.

El nuevo estatuto, además de evitar desigualdades respecto a otras comunidades autónomas españolas, deberá garantizar el desarrollo igualitario de setenta y ocho concejos, que pueden presumir -todos y cada uno de ellos- de heroicos pasajes a lo largo de su historia, y que juntos conforman este gran país llamado Asturias. Pero deberá servir también para acabar con estériles debates que permanentemente están contribuyendo a impedir el impulso necesario que nos permita, de una vez por todas, generar riqueza y que, sobre todo, ésta sea repartida con justicia.

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