Evidentemente, yo no soy quién para juzgar el estado de la Justicia en este país, además de que en los jueces, como sucede con los árbitros, sólo nos fijamos cuando la pifian, y no cuando resuelven bien. Pero un sistema judicial que ha cometido una cadena de estropicios tal que hicieron posible la violación y ejecución de la niña Mari Luz, y ahora la excarcelación del señor Juan Antonio Roca por no sé qué errores de bulto en la investigación, te deja la moral más baja que la venta de coches en España.
Juan Antonio Roca sale de la cárcel trajeado, perfumado, bien alimentado, y lo primero que hace es irse directamente a los micrófonos para proclamar -está en su derecho- su inocencia, una inocencia que sólo ha tardado veinte días en recaudar el millón de euros de fianza que le permite pisar la acera, y eso habiendo sido únicamente el gerente de urbanismo de un municipio. No obstante, se le ha retirado el pasaporte y no se le permite acercarse a menos de 500 metros de un aeropuerto, para que no se le ocurra coger ninguno de los 1.016 vuelos que cruzan los cielos mundiales cada ocho horas, sin tener en cuenta que ese riesgo de fuga que aprecia el juez está basado en una premisa falsa: ¿para qué vas a querer largarte a las Seychelles, si el fruto del latrocinio más grande de la historia de la democracia se encuentra en algún calcetín escondido dentro de nuestras fronteras?
Al recordar las escandalosas imágenes de los pura sangres que este señor tenía en sus cuadras, muriéndose de hambre, o los Mirós auténticos colgando en el baño, o los animales salvajes enjaulados, o las cornamentas cazadas en lejanas geografías, de nuevo, hogaño como antaño, tengo la sensación de que me están timando, de que la justicia social sólo es un suspiro romántico; de que todos somos iguales, pero unos más que otros; de que aquí sólo curra la gente honrada; de que las mentiras a medias siempre acaban por convertirse en mentiras absolutas; de que la opulencia va en descapotable y la verdad en bicicleta; de que al final tenía razón Balzac, y el secreto de todo gran éxito que nunca se consigue explicar es un crimen que nunca ha sido descubierto porque se ejecutó como es debido. La clase de individuo que es el señor Roca la resumió bien Ricardo Soriano, el inventor millonario de Marbella, al contemplar al séptimo día su creación seguramente perdido en alguno de sus colocones blancos y dorados: algunos hemos venido a la vida a perder el tiempo. Mientras, el resto se rompe la espalda para intentar ganarlo.





