
LA FUNCIÓN
'Los persas. Réquiem por un soldado', adaptación de la obra de Esquilo que está considerada como la pieza teatral más antigua que se conserva, responde a esas premisas. Originalidad en el tratamiento, intensidad y compromiso con un discurso, son tres de las coordenadas que ayer contemplaron los espectadores del Teatro Jovellanos. A lo que se añadió la ambivalencia del cuadro de actores, tan solventes en la interpretación como virtuosos en el momento de la instrumentación musical (batería, dos guitarras y un teclado portátil).
Para evitar cualquier equívoco, el primer signo de la función se alzó al compás de 'Soy el novio de la muerte', el himno legionario español. La acción, que Esquilo situó en la batalla de Salamina, que perdió el poderoso ejército persa contra los griegos, en este caso se traslada a Afganistán.
Pero no es la pretensión de Calixto Bieito la de hacer un ejercicio crítico de la misión militar española en la tierra de los talibanes. O no sólo es esa. La escritura va más allá, a la idea de que «la guerra es eterna».
Y es en tal conexión de los siglos que no hay paradoja ninguna porque la conflagración se resuelva entre espadas o bajo las bombas de la aviación que despanzurran el coche y el camión que aparecen en la escena junto a los legionarios.
Una de las licencias que se permite el director artístico es que el general persa Jerjes, aquí sea la soldado Jerjes, en tanto que su padre, Darío, representa la voz del pacifismo que nadie atiende. En el papel de la soldado Jerjes, Gurutze Beitia ha sustituido a Natalia Dicenta, quien venía encarnando al personaje con excelente aprobación, por lo que hemos leído. Gurutze Beitia es un relevo que está a la altura de su predecesora.
La música -el registro auditivo que en Bieito se alarga al pentagrama, aparte de que las páginas de Esquilo legaron partes habladas y cantadas- configura la columna rítmica, el tempo. Y se pudieron escuchar versiones de Janis Joplin ('Cry baby') o la solemnidad de Pink Floyd ('In the flesh'), marcando las pautas de un relato dramático en el que los muertos tienen nombre y apellidos, y el dolor no se esconde en la abstracción.
La espectacularidad escenográfica se puso al servicio de los contenidos, que arrancaron esquirlas alejadas de los tópicos. «Vamos a meter la democracia por el culo a esos barbudos». La costura perpetua de la venganza: «La culpa es de los muertos, los muertos matan a los vivos». Sin que se omitiera el humor, así los sueños eróticos de la tropa con Elsa Pataky y Penélope Cruz. El Jovellanos -tres cuartos del aforo, aproximadamente- aplaudió sin excesos.





