
Arias ha sido siempre un autor comunicativo, que considera la reflexión, la técnica y el intelecto como elementos indispensables para la creación. Sus trabajos responden a esas premisas desde composiciones de connotaciones paisajísticas que fluyen a través de un instinto alejado de anécdotas representativas, reposando en la sensibilidad más pura. El vertido es, en ese sentido, su técnica predilecta, porque guarda en su síntesis expresiva esa fuerza que Arias persigue desde que empezó su larga carrera.
El derrame de acrílicos, tintas y otras materias sobre soportes dispares (papel, tabla, tela...) es para el pintor una apuesta no solamente metodológica, sino vital, que le permite profundizar en distintas disciplinas del arte. «El vertido me ha servido para darle mayor protagonismo a mi interlocutor formal, que es la materia», afirma. Así, sus cuadros recientes están llenos de armonía, pero carecen de amaneramientos, orientándose hacia el color y sus efectos dinámico-sensitivos; fluyendo, sobre los paneles, hacia la propia vida, en procedimientos íntimos que precisan un notable esfuerzo físico y se brindan muy reflexivos, haciéndose cómplices del espectador. «Los pintores pasamos toda nuestra vida utilizando distintas técnicas, temáticas, formas y colores con una única intención, pintar nuestro propio paisaje», señala. «La repetición es inevitable. Pero la riqueza radica en la versatilidad de sus representaciones».
Inconformista
En la galería Cornión se pueden advertir exquisitas gamas, diluídas y barnizadas, que devuelven los reflejos de un azar manejado con destreza para componer emociones mágicas en el espacio. El ánimo de Arias, siempre experimental e inconformista, le han traído a una nueva etapa vital y creativa que, respetando esas premisas y manteniendo la misma fe en la belleza, la austeridad y el sentimiento, se inunda de nuevos gestos y senderos cromáticos. «La obra evoluciona al ritmo de la vida», dice. «Si uno es honrado, la aceleración o desaceleración son involuntarias. Últimamente han cambiado los colores, incluso la temática. Los azules y los verdes han dado paso a los naranjas y, posteriormente, a los platas y a los blancos. El mar se aleja. Se acercan los bosques y los árboles».
Fluyen aquí evocaciones a otros nortes, entre la fantasía y la realidad. Nortes de sabor plateado, blanco y frío, pura septentrionalidad, melancolía y energía potencialmente renovada. O quizás sea el viento del sur; un sur, sin duda, antártico, paraje solitario que, en cualquier caso, sólo pretende seguir afirmando que el dolor, el amor, la tristeza, el llanto y la entrega se manifiestan mediante vertidos desde el principio de los tiempos.





