Con la incorporación de las nuevas disciplinas creativas, especialmente en la última década, se han venido sumando nuevas teorías al campo de la crítica de arte, ampliando notablemente los arquetipos ya existentes. Pero hay algunos que no pasan de moda y mantienen su peso claramente, conformando la esencia y la universalidad de todos los lenguajes expresivos. Recordemos, por ejemplo, el método descriptivo de Roberto Longhi, cuyas teorías comparten también algunas tesis del idealismo promulgado por autores como Bernard Berenson o Benedetto Croce, entre muchos otros.
Pocos especialistas han destacado como ellos, equilibrando creatividad y rigurosidad. Croce y Longhi describen las obras de arte sin perder nunca la espontaneidad, como si contemplasen las piezas mientras están escribiendo. Por eso, quizás, saben dotar de ritmo las situaciones históricas, huyendo de las frialdades que desprecian el sentido emotivo en pos de los excesos cronológicos.
Sus trabajos afrontan los asuntos artísticos con absoluta especialización, pero con plena coherencia, con alegría e imaginación en sus explicaciones. Longui, por ejemplo, transcribe las obras haciendo que el propio texto sea independiente y creíble. Solía decir que toda escritura, al margen de su composición, debe ser partícipe de la experiencia subjetiva y del punto de vista del autor. Antes que él, otros teóricos como William Hazlitt apostaron porque el crítico formule un equivalente verbal de la obra visual, buscando para el lector sensaciones similares a las que provoca la contemplación directa.
La perpetuidad que han conseguido los grandes críticos es directamente proporcional al estudio constante y directo de los artistas implicados. Eso conlleva, además, la obligación de mantener abierto el sentido de la metáfora, el ritmo de la prosa, el brío y un cierto tono de voz capaz de singularizar cada discurso. La experiencia visual y el estudio son, sin duda, las herramientas más nobles para encontrar ese camino.





