«En los extremos del hado / no hay hombre tan desdichado / que no tenga un envidioso, / ni hay hombre tan venturoso / que no tenga un envidiado».
Pues bien, al parecer sí existe alguien tan infeliz que ni envidioso halla para consolarse: un servidor. Y es que resultaría casi imposible encontrar a alguien dispuesto a envidiar una hipoteca que engulle más del sesenta por ciento del sueldo, o una suegra tiránica, o unas hemorroides como puños, o..., bueno, mejor no continúo con la letanía de desgracias para no deprimirme más de lo normal. Además, llega ya el momento de confesar que no son pocas las personas a quienes profeso una sana envidia cochina. Sin ir más lejos, ahí están los casos de no pocos de los contertulianos que frecuentan los chigres a los que acudo por mor de aprehender sus comentarios pletóricos de gracia, enjundia o ingenio inalcanzables para mi menda.
Ahí les van la transcripción de unos pocos:
«-Con esti Papa vuelve a haber infierno, y pa'que se llene incorporó nuevos pecaos. Por ejemplo, los capitales son ahora ocho.
-¿Cuál ye'l octavu, ho?
-Oviedo capital, bobín."
«Ye tan sumamente guarro que cuando lu llambe un perru, parez talmente que lu está limpiando».
«-Conveníate hacer algo de ejerciciu.
-Tengo-i aversión desde que me obligaron a hacer un montón de ejercicios espirituales. Aunque era un guaje, obligaben a repetir tanto les coses que me acuerdo de casi todo. Por ejemplo, de eso tan surrealista de que Dios ye uno y trino. Yo sí que estoy que trino por culpa de la cantidad de babayades que me quedaron de posu pa to'la vida».
«Érase un hombre tan alegre que se hizo grabar esta inscripción sobre la tumba:
'¿¿Rip, Rip... Hurra!!'».





