Mariano Rajoy, ante la Junta Directiva Nacional, realizó un análisis de la derrota electoral en el que achacaba la misma al voto indirecto que afluía al PSOE en algunas comunidades autónomas donde el PP producía rechazo. Es fácil colegir que Rajoy pensaba en Cataluña, porque si se excluye esa región del cómputo general, la victoria hubiera sido para el PP. De ahí que Rajoy haya modulado el discurso y su estrategia política, pasando de la oposición frontal a otra más moderada y realizando cambios en su equipo, como el del portavoz parlamentario, al sustituir a Eduardo Zaplana por Soraya Sáenz de Santamaría. El argumento de Rajoy es de peso y los cambios guardan coherencia con el análisis. Ahora bien, la política no es como las matemáticas, y cabe esbozar una teoría distinta: donde se confronta sin miedo, el PP gana. Ejemplo de ello es Madrid. De lo que no caben dudas es que Rajoy necesita a todo el PP, no sólo a unos cuantos, y que el debate interno en el partido no puede dar paso a la división, porque entonces el único que saldría ganado sería Zapatero.
La descripción que hace Cascos del PP asturiano es exacta. No hay renovación ni cambio, todo se reduce a un simple juego de baraja con las mismas cartas, lo que produce derrotas en cadena. Ahora bien, la cirugía, por si misma, no garantiza nada, porque cirugía en el PP asturiano hubo hace diez años y los resultados están a la vista de todos.





