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Sociedad

CRÍTICA DE TV
chikibluf
19.04.08 -

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Ni TVE-1 ni La Sexta han informado a los espectadores españoles de las últimas noticias en torno al magno fenómeno chikichiki. Cierto que las otras cadenas tampoco lo han contado, que yo sepa. Esas últimas noticias son las siguientes: la canción de Rodolfo Chiquilicuatre, Buenafuente y TVE-1 ha quedado en último lugar en una encuesta realizada por los seguidores del festival de Eurovisión. Esta encuesta no es agua de borrajas: se trata de una costumbre ya bien asentada de la OGAE, que es la asociación que agrupa a los seguidores del show eurovisivo. La cosa consiste en que la OGAE propone a treinta y cuatro países -España incluida- la posibilidad de responder a un sondeo que simula el sistema de votación del festival, de uno a doce puntos. Cuando miré cómo iba la cosa, catorce países habían contestado a la encuesta y nadie, tampoco los 'eurofans' españoles, había concedido ni un solo voto al chikichiki, a pesar de la preclara inteligencia y agudo sentido artístico de sus promotores. Por cierto que el otro 'friki' de la competición, el irlandés Dustin, que es un pavo de gomaespuma, tampoco obtenía grandes cifras: cuatro puntos. La favorita del personal es la sueca Charlotte Perrelli. Es verdad que el valor de esta encuesta es limitado. También es verdad que hace falta una mentalidad singular para pertenecer a una asociación de 'eurofans'. Es verdad, en fin, que los gustos de los 'eurofans' no tienen porqué coincidir con los del público general el día del festolín, y que, por otra parte, estas encuestas pueden ser manipuladas.

Pero, en todo caso, el dato no deja de ser interesante: estas lumbreras esperaban saltar al mundo con la gran patochada y que el mundo respondiera con el mismo alborozo pastueño que la hispánica grey, pero el mundo, por fortuna, no siempre respira con pulmones semejantes a los nuestros, lo cual aún deja una esperanza de supervivencia a la humanidad. En lo que concierne a la cosa propiamente eurovisiva, habría que insistir en lo siguiente: no es ilegítimo aspirar a que este impresentable festorro pueda un día recuperar cierta altura estética. En eso deberían empeñarse los países cuyas televisiones públicas, por potencia y por tradición, pueden permitirse el lujo de concursar no para ganar, sino para marcar estilo. Un concurso en el que han participado Dan Ar Braz, Mocedades o The Mullans no tiene por qué acabar convertido en una competición sensacionalista de tarambainas antimusicales y productores de negocio fácil. Esa sería la verdadera forma de salvar Eurovisión.

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