Veinte años después, y con la perspectiva de la que nos viste el tiempo, se sigue apreciando el esfuerzo que hace alcanzar a un estudiante y a su familia una beca de estudio, aunque ahora, afortunadamente, los años hayan cambiado ligeramente, y para mucho mejor, la situación de, al menos, el acceso a la educación. No, no está mal, de vez en cuando, leer que se conceden estos premios al esfuerzo, en este caso de los estudiantes de un ayuntamiento no tan modesto como aquel mencionado, el que representa a Langreo.
Aquella beca de estudio convirtió la visión de un mundo reducido a poco más de un pequeño municipio, en una visión que hoy podríamos llamar globalizada, si, y no cayendo en el pesimismo colectivo, entendemos global por la visión de nosotros mismos como parte de algo más amplio, de eso que llamamos mundo, y del que en ningún, ningún caso somos el centro, ni gira alrededor nuestro. Hoy, la movilidad de los estudiantes es el título de conferencias, programas de intercambio, y hasta más de un estudio sociológico que -absurdamente- levanta críticas, porque, al fin y al cabo, nos recuerda que la intención de viajar a otros países no es aprovecharse de unas becas, sean impulsadas por el declive de una zona industrial o no, sino que es demostrar que «el mundo es ancho y ajeno», que diría Ciro Alegría.
Veinte años no han hecho cambiar el que a veces se menosprecie la educación, e incluso lo hagan quienes dicen hablar en su favor, y lo hacen en su nombre, el de un grupo político, religioso o incluso 'cultural'. Menos mal que estos cada vez reciben menos 'premios'.





