
No recuerdo ahora el primer libro que leí de usted. 'Merlín y familia', tal vez. Ah, sí: fue años antes de que Concha Prieto tan hermosamente lo pusiese en asturiano, dándole otra cálida juntura a su sintaxis. Creo que fue Xune Elipe, el cantante de Dixebra, quien me prestó el volumen editado en Galaxia. Fue en Uvieo a la salida de Radio Asturias, donde hacíamos el programa Nortiando, en 1982 o 1983. Tal vez lo podíamos traducir, me dijo, y le llevamos la propuesta a un pope hosco y tosco que, al no entender nada de la belleza y sus zarandajas, teniendo además un particular desenfoque de la realidad, tan antipático, nos disuadió de la idea y nos habló, por vez primera, de los sicofantes gallegos que a un lado y a otro de la frontera cultivaban la adiptongación de las es y las oes breves latinas, abonando para más inri la ene caediza y fomentado, por brañas y breñas que desconocíamos, el corazón de Breogán el Oscuro. La hipertrofia de las naciones, como la degeneración de las ciudades, se construye sobre ruinas del prejuicio de quien está donde no debería estar. Es curioso: todavía se andan preguntando cómo, tras tantos trabajos, no han hecho otra cosa que tirar las ilusiones de la gente al cubo de basura del desafecto.
Nada de esto tiene importancia, no nos llevaría en nuestra charla ni cinco minutos, y sin duda hablaríamos de otras cosas más admirables. Al final, supongo, pesaría en nuestra charla la perplejidad de haber estado ante un abismo y haber sabido burlarlo por vericuetos donde la tierra dura y sus espinas llega a un acuerdo tácito con la fantasía y las manos rosadas de la mañana. Yo le hablaría aún de Arthur Rimbaud y de Álvaro de Campos y usted -pasando de puntillas sobre Paul Éluard- me señalaría a Horacio y a Goethe un poco sin alcanzarlos. Entre el fulgor de la adolescencia y el relámpago de la senectud no hay términos medios, a no ser la duda de Hamlet y el recuerdo de una gabardina donde se abriga una mañana de abril, y cada obra nos aproxima a un fin no por premeditado menos sorprendente. Tenían, sin duda, razón los clásicos en punto del dolor; tenían, si duda, también razón los ladrones de la cueva de Alí Babá: la imaginación auditiva -la expresión es de Seamus Heaney, un rapaz irlandés que le habría gustado, y que algo ha escrito de poesía- nos abre las puertas del secreto que descubrimos temerosos al reconocernos. Decimos 'Ábrete, Sésamo' y la gran roca de nuestra alma entreabre sus puertas para mostrar, moribunda, la eternidad del instante.
Nada más, maestro, me despido, que el espacio de la página -como usted bien sabe- dibuja los límites precisos del ansia que va, una semana sí y otra también, de mano en mano como la falsa moneda convirtiendo en verdades la copla de una vida entresoñada; aquí le dejo por hoy agradecido por todo lo aprendido, por todo lo que me queda por aprender. Se sueña una vida más alta, se tienden cables de una punta a otra del cielo, y se va pasando de equilibrista, como las golondrinas o como las ramas retorcidas de la parra, con temor a caerse en una tierra sin raíces. Es decir, como buenamente se puede.





