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María
20.04.08 -

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LLAMÉMOSLA María. Tiene tantos años que no se acuerda ni de contarlos; es una de esas mujeres, pobres y duras, tiernas y agotadas, que se pueden encontrar en la parte más vieja de Madrid, de Bagdad, de Baena Mujeres que han trabajado tanto que ni recuerdan otra tarea. Mujeres encuevadas por la artrosis, la ceguera, la soledad ¿la vejez sin dinero, vaya! Olvidadas incluso por la estadística, con suerte recibiendo mínimas pensiones, alejadas del mundo por voluntad ajena y con toda una novela, la suya, sin encontrar narrador.

En Madrid tenía una de esas vecinas. Ahora que el edificio está en la 'zona de oro', remodelado y acondicionado para inquilinos de un cierto nivel entre aburguesado y cañí, los pisos como el que habita María, resultan una de las piezas más cotizadas por los 'especuladores de zonas con encanto'. María vivía sola, al menos nunca vi a nadie llamando a su puerta, y cuando escuchaba pasos en la escalera y sospechaba la presencia de algún vecino 'propicio', tomaba un paño desteñido de suciedad y fingía limpiar el marco de su puerta. Entonces, aprovechaba la buena educación del saludo formal y buscaba entablar conversación ¿Qué fácil resulta hablar con estas mujeres cargadas de memoria y desvanes olvidados! La puñetera prisa me devolvía casi siempre a una despedida cortés y un tanto precipitada. Otras veces, me ganaba la partida del encanto con su peculiar modo de enlazar historias y mezclar, como buena narradora, el pasado con los sueños, el presente con la imposible conjetura del futuro Yo me apoyaba en el pasamanos o incluso me sentaba en los escalones de madera de un edificio cuyo encanto reside en la ausencia de ascensor por respeto histórico, y permitía que María tuviera un rato de compañía. Cuando la charla se alargaba, le entraban a esta mujer complejos y ganas de cumplir con los rituales de la buena vecindad: debería invitarme a pasar y preparar un puchero de café. A mí me extrañaba esa falta y atisbaba por entre la oscuridad de cueva que se intuía a su espalda. Un día, se decidió finalmente a jugársela conmigo: debía de ser la única con tiempo para escucharla y se sintió en deuda.

«Yo la invitaría a mi casa, pero, sabe usté, no me atrevo, porque antes mi casa estaba limpia y ordenada como Dios manda, y ahora está como Dios quiere». Sonreí, le dije que también yo debía invitarla a un café, lo malo es que sus piernas no permitían ni subir hasta mi casa ni bajar hasta la calle. Me acostumbré a la presencia de su trapo excusador entre las manos. Un día, los buitres sobrinos lograron su objetivo: María, al asilo y el chollo de piso, a remozar para cobrar un alquiler de lujo. Desde entonces miro la puerta, en el 2º, y trato de recuperar su presencia, su charla, su trapo sucio entre las manos cansadas de trabajar.

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