En Madrid tenía una de esas vecinas. Ahora que el edificio está en la 'zona de oro', remodelado y acondicionado para inquilinos de un cierto nivel entre aburguesado y cañí, los pisos como el que habita María, resultan una de las piezas más cotizadas por los 'especuladores de zonas con encanto'. María vivía sola, al menos nunca vi a nadie llamando a su puerta, y cuando escuchaba pasos en la escalera y sospechaba la presencia de algún vecino 'propicio', tomaba un paño desteñido de suciedad y fingía limpiar el marco de su puerta. Entonces, aprovechaba la buena educación del saludo formal y buscaba entablar conversación ¿Qué fácil resulta hablar con estas mujeres cargadas de memoria y desvanes olvidados! La puñetera prisa me devolvía casi siempre a una despedida cortés y un tanto precipitada. Otras veces, me ganaba la partida del encanto con su peculiar modo de enlazar historias y mezclar, como buena narradora, el pasado con los sueños, el presente con la imposible conjetura del futuro Yo me apoyaba en el pasamanos o incluso me sentaba en los escalones de madera de un edificio cuyo encanto reside en la ausencia de ascensor por respeto histórico, y permitía que María tuviera un rato de compañía. Cuando la charla se alargaba, le entraban a esta mujer complejos y ganas de cumplir con los rituales de la buena vecindad: debería invitarme a pasar y preparar un puchero de café. A mí me extrañaba esa falta y atisbaba por entre la oscuridad de cueva que se intuía a su espalda. Un día, se decidió finalmente a jugársela conmigo: debía de ser la única con tiempo para escucharla y se sintió en deuda.
«Yo la invitaría a mi casa, pero, sabe usté, no me atrevo, porque antes mi casa estaba limpia y ordenada como Dios manda, y ahora está como Dios quiere». Sonreí, le dije que también yo debía invitarla a un café, lo malo es que sus piernas no permitían ni subir hasta mi casa ni bajar hasta la calle. Me acostumbré a la presencia de su trapo excusador entre las manos. Un día, los buitres sobrinos lograron su objetivo: María, al asilo y el chollo de piso, a remozar para cobrar un alquiler de lujo. Desde entonces miro la puerta, en el 2º, y trato de recuperar su presencia, su charla, su trapo sucio entre las manos cansadas de trabajar.





