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Oviedo

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Las semillas del cura
Siete adolescentes que se forman para sacerdotes muestran a cien monaguillos su día a día en el seminario
20.04.08 -

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Las semillas del cura
EN CLASE. El padre José Ramón y Rubén, joven seminarista, enseñan diapositivas. / M. R.
A los 12 años, José Ramón Fernández se plantó ante su padre y le reveló su verdadera inclinación. «Acababa de sentir la llamada; es que Jesús llama a la gente joven para seguir el sacerdocio», recuerda. Hoy, él es el formador del seminario menor. Tiene a su cargo a siete chicos, de entre 15 y 18 años. Duermen allí de lunes a viernes, madurando la idea de ser cura, porque, según dicen, también recibieron esa llamada. «Son el futuro, hay que cuidarlos mucho, como a toda persona», confía José Ramón con su tono benigno.

Muchos fueron monaguillos antes que seminaristas. Los ayudantes de los curas tienen cada año un día de convivencia, en el que los acercan hasta el seminario para que vean cómo es allí la vida. Se enteran de «lo bien que se come aquí», de que «por supuesto que tenemos videoconsolas», de que «las cosas son muy normales», explica un seminarista. Gracias a encuentros como éstos, más de uno ha descubierto su vocación. Ayer lo repitieron, por decimoquinto año consecutivo, un centenar de monaguillos llegados de todos los rincones de Asturias.

'Y fijando en él, su mirada, le amó' era el título de la catequesis que recibieron. Un niño acercándose a Jesús la ilustraba. «Todos estamos llamados a este encuentro con Cristo, que es el que da sentido a nuestra vida», ilumina José Ramón. La bienvenida a los monaguillos la dieron Juanjo, Adán y Rubén. Tienen 18, 17 y 15 años respectivamente, y cada año van «purificando» su vocación de pastores. «Yo lo seré, si los estudios lo permiten, porque a mí eso de clavar los codos no se me da mucho», confesaba Adán. «Si al final la misa la das con un libro, no entiendo cómo te hacen estudiar seis años para ser cura, con tres igual bastaba», protestaba.

Lleva cuatro años de seminario. Los fines de semana sale con sus amigos a la discoteca, como un joven más. Allí, claro, están las chicas, «que por desgracia son incompatibles» con el sacerdocio. «Cuesta bastante no mirar para ellas, no hacerlas caso, es la tentación», relata sobre el que ve, «con mucha diferencia», como el mayor obstáculo para su carrera eclesiástica.

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