Entre 2003 y 2006, Canet filmó la vida de Cristos. Hoy aún vive, pero en espera de un final inminente. El documental es estremecedor. Al margen de sus virtudes técnicas, que son tributarias del verismo, el director logra retratar el drama sin cargar la mano en excesos de sensibilidad que, por otro lado, el propio protagonista rehuye. A veces uno tiene la impresión de que el documental debe su vigor más al médico enfermo que al cineasta. Por el camino, al espectador se le plantean desafíos abismales: la aceptación serena del final, la pregunta por la vida después de la vida, una trascendencia más que problemática en los tiempos que corren Es muy notable la manera en que el protagonista, materialista y ateo, va explorando la trascendencia a medida que la enfermedad avanza y la muerte se acerca. Pero no era eso lo que interesaba en 'Versión española', a juzgar por la mesa de debate preparada para después y en la que figuraba el ministro de Sanidad. «Carlos viene a defender claramente una eutanasia pasiva», decía el director.
Canet tendrá razones para creer lo que quiera, pero Carlos en ningún momento dijo nada de eso. Más aún, dijo lo contrario: Carlos subrayó que lo que él quiere no es «ni suicidio ni eutanasia, sino dejar que la naturaleza actúe». Estamos ante un paisaje conceptual completamente distinto al de la muerte inducida y administrada a voluntad, y precisamente por eso la peripecia de Cristos cobra rasgos monumentales desde un punto de vista ético. 'Versión española' acertó al emitir 'Las alas de la vida'. Pero se equivocó al mutilar su mensaje, al reducirla a un instrumento de propaganda para favorecer determinadas políticas. La historia de Cristos es nada menos que la vida, en toda su majestad y crueldad; la distorsión de Cayetana y el ministro, por el contrario, no es nada más que la cotidiana mezquindad.





