¿Molesta a alguien en su emplazamiento actual el museo dedicado a quien está considerado como uno de los artistas plásticos asturianos más relevantes de todos los tiempos? El Museo de Piñole se encuentra en un sitio atopadizo, que facilita el acceso del espectador interesado en la contemplación de la obra del pintor. El traslado a Cimadevilla representaría para el potencial visitante, como mínimo, una incuestionable incomodidad derivada de la ineludible necesidad de subir al Barrio Alto.
Resulta, en fin, difícil comprender las razones del pretendido trasiego, lo que permite alentar la sospecha o temor de que se esté ante un caso manifiesto de improvisación, semejante a los surgidos en el ámbito de actuación de otras administraciones públicas cercanas: se dispone de un continente carente de contenido.
El Museo de Piñole está bien donde está. Plantear su traslado puede incluso entenderse como una frivolidad producto de la falta de iniciativas, y hasta de capacidad, para administrar un rico patrimonio que es legado de generaciones sucesivas.
En este sentido, como paradigma de una actuación del municipio poco reflexiva, parece inevitable la referencia al estropicio consumado en el antiguo parque Inglés, donde ha quedado consagrada la victoria del cemento sobre los árboles como muestra evidente del desenlace de un experimento fallido.





