
Pese al monstruoso suceso, la visita de Benedicto XVI a la zona se convirtió en un acto de conciliación para muchos de los familiares que perdieron a un ser querido el 11 de septiembre de 2001. El Pontífice estuvo acompañado por 24 personas relacionadas de algún modo con el escabroso ataque. Entre ellos se encontraba el subdirector del cuerpo de bomberos, James Riches, que perdió a su hijo tras el derrumbe de una de las torres.
Para Riches, la bendición impartida por el Papa ofreció «un pequeño consuelo» dadas las circunstancias. Al fin y al cabo, muchos familiares no han conseguido recuperar los restos de sus seres queridos, por lo que la visita del Papa sacralizó la idea de proveer el descanso eterno para aquellas almas que perecieron en el atentado.
El Pontífice se trasladó a primerísima hora de la mañana hasta el downtown de Manhattan en el Papamóvil, donde caminó por una rampa flanqueada por banderas hasta alcanzar un pequeño púlpito amarillo. Allí, varias personas, entre ellos 4 miembros de los equipos de rescate, varios supervivientes, y familiares de víctimas le esperaban cabizbajos. El escenario estuvo presidido por un gran cirio blanco que simbolizaba la resurrección.
Escenario de dolor
Tras el solemne silencio que acompañó a las últimas notas de un cello, Benedicto XVI alcanzó el púlpito acompañado por el Cardinal de Nueva York, Edward Egan. Previamente, el Papa se arrodilló frente al cirio y alzó sus manos. A continuación el Pontífice se levantó mientras varias personas protegieron la llama encendida segundo después por el máximo representante de la Iglesia Católica Romana.
Durante las primeras palabras de su oración, calificó la zona como «el escenario de increíble violencia y dolor». Por esa misma razón el Papa pidió a Dios que otorgase «luz y paz eternas» a aquellos que perecieron.
Al término de la oración, el Papa bendijo la zona con agua bendita y conversó en privado con algunos de los asistentes. El pasado sábado por la tarde, Benedicto XVI compareció ante los jóvenes en el campus del Seminario de Saint Joseph, donde habló de su etapa en las juventudes hitlerianas. El Pontífice aseguró ante 30.000 jóvenes que el nazismo es «un monstruo». «No necesitáis decirme que existen dificultades: los caminos que parecen dirigir a la felicidad pero en realidad sólo terminan en confusión y miedo», aseguró.







