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Una vida privada para Chelsea
La única hija de los Clinton, volcada en la campaña de su madre, confiesa sus ansias por volver junto a su novio
22.04.08 -

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Una vida privada para Chelsea
Chelsea posa con una mujer con la máscara de su madre. / AP
«Chelsea está aquí. ¿Y tú, dónde estás?», rezaba el cartel en las escaleras vacías de un YMCA de Lansdowne, a veinte minutos de Filadelfia. El mítin de Chelsea Clinton se había empezado a organizar un día y medio antes, lo que explicaba la presencia de apenas sesenta personas en la sala. «No veo más allá del día 22, y como mucho el 6 de mayo, cuando voten Carolina del Norte e Indiana», confesó la única hija de los Clinton, que lleva tres meses dejándose la piel en la campaña. La pregunta que le hicieron pretendía arrojar una mirada a su futuro. ¿Querría Chelsea jugar algún papel en la Casa Blanca si su madre sale elegida? «Toca madera», se apresuró a decir la joven de 28 años, dándose un par de golpecitos en la cabeza. «Eso todavía tiene que ocurrir», puntualizó supersticiosa. «Aunque no os parezca coherente, viéndome aquí, yo tengo una vida privada en Nueva York a la que pienso volver cuando todo esto acabe. Tengo un trabajo, un apartamento, un novio y un perro a los que echo de menos».

Y aparentemente deseos de concebir. En tres ocasiones durante el mismo mitin, Chelsea reveló espontáneamente sus ansias maternales al hablar de educación, medio ambiente y un futuro mejor «para esos hijos que espero tener», dijo en una ocasión. «No quiero que mis pequeños jueguen con residuos tóxicos en el patio trasero», confesó más adelante. Y al hablar de los desayunos en la escuelas le volvieron a la cabeza los suyos «en los años ochenta», recordó de súbito. «Oh, Dios mío, eso me hace sentirme tan vieja». El sobresalto se lo llevó entonces la audiencia. La hija de los Clinton se olvidaba de que esa vez no tenía delante a los jóvenes universitarios que acostumbra a frecuentar, sino a gente madura de la comunidad asiática a la que hizo sentir de golpe en la Tercera Edad.

El bautizo político de Chelsea en esta campaña ha despertado el rumor de que la única hija de los Clinton pueda seguir el destino de la saga. Ha heredado la locuacidad de su padre y la memoria de su madre, se ha aprendido a fondo todos los temas de la agenda electoral, suelta con desenvoltura datos y cifras, y, sobre todo, pisa fuerte en el escenario.

Todavía no ha terminado de sacudirse la timidez de adolescente ni ha aprendido a defenderse por sí misma. Son sus ayudantes los que aleccionan previamente a la prensa de que «no se permite que hagan ningún tipo de preguntas», repetían uno tras otro antes de que llegara.

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