
Y aparentemente deseos de concebir. En tres ocasiones durante el mismo mitin, Chelsea reveló espontáneamente sus ansias maternales al hablar de educación, medio ambiente y un futuro mejor «para esos hijos que espero tener», dijo en una ocasión. «No quiero que mis pequeños jueguen con residuos tóxicos en el patio trasero», confesó más adelante. Y al hablar de los desayunos en la escuelas le volvieron a la cabeza los suyos «en los años ochenta», recordó de súbito. «Oh, Dios mío, eso me hace sentirme tan vieja». El sobresalto se lo llevó entonces la audiencia. La hija de los Clinton se olvidaba de que esa vez no tenía delante a los jóvenes universitarios que acostumbra a frecuentar, sino a gente madura de la comunidad asiática a la que hizo sentir de golpe en la Tercera Edad.
El bautizo político de Chelsea en esta campaña ha despertado el rumor de que la única hija de los Clinton pueda seguir el destino de la saga. Ha heredado la locuacidad de su padre y la memoria de su madre, se ha aprendido a fondo todos los temas de la agenda electoral, suelta con desenvoltura datos y cifras, y, sobre todo, pisa fuerte en el escenario.
Todavía no ha terminado de sacudirse la timidez de adolescente ni ha aprendido a defenderse por sí misma. Son sus ayudantes los que aleccionan previamente a la prensa de que «no se permite que hagan ningún tipo de preguntas», repetían uno tras otro antes de que llegara.





