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Las lecciones del polizón
El colegio Santa Teresa organiza unas jornadas donde inmigrantes que entraron sin papeles narran a los más pequeños cómo era su vida y su país

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Las lecciones del polizón
CHARLA. Elena Atanasova se dirige ayer a un grupo de alumnos. / M. R.
Si los niños gobernasen, los inmigrantes recibirían otro trato. «Cuando somos pequeños, nos atrae mucho lo nuevo, y los extranjeros que vienen por lo mal que está su país nos tocan mucho la fibra». Lo dice Geli, profesora de primaria en el colegio Santa Teresa de Jesús. Allí celebran desde ayer la semana intercultural, iniciativa que sienta a inmigrantes en las clases para que expliquen cómo es su país y cómo se sufre lejos de él.

En vez de libros, hoy será el joven marroquí Said Bela quien imparta la lección: cómo llegó a España escondido en los bajos de un camión. Lo hará acompañado de Hasan Sali, senegalés cuyo 'máster' fue pasar más de diez días metido en una patera. Ambos están encargados de un taller de escritura árabe y cirílica que pretende mostrar en esos extraños abecedarios algo más que un incordio. Por la tarde les tomará el testigo el ruso Alexei Potemkin, preparado para transformar a los niños en un coro que cantará canciones folclóricas de su país.

Todos ellos han pasado por las cuatro casas de acogida con que cuenta Manos Extendidas, asociación encargada de la semana a petición de la dirección del colegio. El resultado, un impacto. «Estos chicos son de clase media-alta, están acostumbrados a ver una realidad cómoda y les impresiona mucho saber que la gente viaja en cayuco», esboza Geli. «Cuando conocemos lo desconocido, le perdemos el miedo, por eso son importantes estas charlas», juzga Juan Sánchez, de Manos Extendidas.

A su lado andaba ayer Elena Atanasova, catedrática de Literatura en Bulgaria y mujer que «se gana la vida como puede» en España. «Habla raro, pero aunque eso a un mayor le suponga un obstáculo, a los pequeños los atrapa, los pone curiosos», ilustra Geli. Sus alumnos, de 6 y 7 años, están pasándose un bote de colonia. Viene de Bulgaria. «¿A qué os huele?», requiere. «¿A gloria!» le responden dos. La pizarra, en vez de sumas, enseña dónde queda el país de Elena. Explica con orgullo que su bandera es de franjas blanca, verde y rojo, para simbolizar la paz, la naturaleza y la sangre de la lucha. «Cuando estamos en tiempo de guerra, cogemos la bandera y la colgamos al revés, con el rojo por encima», explica orgullosa. Y es que el encuentro nutre a los 777 alumnos del centro, pero también a sus profesores temporeros. «Hablan de su país, y eso les desahoga», retrata Sánchez. «Creo que deberíamos llevar esto a todos los colegios de Asturias», propone.

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