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«Estamos listos para ir a por la cumbre»
El grupo alcanza la cota de 7.000 metros y regresa al campo base. El esfuerzo ha sido titánico, pero la expedición ha dejado sentadas las bases para buscar la cima en el próximo intento. El himalayista gijonés Nacho Orviz narra para EL COMERCIO sus evoluciones en el Dhaulagiri (8.167 metros).

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«Estamos listos para ir a por la cumbre»
ABRIENDO HUELLA. 'Nachomil', entre los campos uno y dos. / E. C.
CAMPO BASE

Jueves, 17 de abril

Sabemos que tenemos por delante una tarea ardua. Primero, porque nos faltaba aclimatación y segundo, porque al ser el grupo de cabeza nos toca toda la tarea de equipar la ruta y abrir la huella, con lo cual el trabajo se multiplica. A nuestro favor cuenta que somos un grupo fuerte, compuesto por nueve personas.

Nos ponemos en marcha temprano, con nieve hasta la rodilla. El camino por el glaciar se hace pesado. Hace calor y las mochilas van cargadas para cuatro días. Nos vamos turnando para hacerlo más llevadero. A mediodía, lo de siempre: cambia el tiempo y comienza a nublarse. Al principio sólo asoman las nubes, pero aparece el viento y la cosa se complica. Ya no vemos el camino y estamos en medio de una tormenta de nieve. Tenemos las referencias de los 'seracs', que nos conducen al campo uno.

A eso de las dos llegamos aturdidos a las tiendas del campo uno. Qué gusto tenerlo todo ya montado. Estamos cansados y congelados, el viento nos pegó duro. Tenemos una tienda grande, que nos aloja a los siete. Organizamos el suministro de agua. Entre todos es más fácil. Extendemos los sacos y por fin podemos relajarnos y recuperar calor.

Aquí el tiempo pasa lentamente. Hablamos de mil cosas mientras vamos llenando nuestras botellas de agua. Una sopa, un té, un poco de queso y unas sardinas. También tenemos unas coca-colas para compartir. Nos acurrucamos unos contra otros y nos dormimos.

ATRAPADOS POR EL TEMPORAL

Viernes, 18 de abril

Son las cinco de la mañana cuando abro mis ojos. Todos los sacos de dormir están empapados por la escarcha, Miro el reloj y marca 15 grados bajo cero dentro de la tienda. Esta montaña es muy fría, eso ya lo sabía del intento anterior, en 2006. Me muevo hacia la puerta, cojo mi botella de 'pipí' (cada uno llevamos un recipiente para estos menesteres), después pongo en marcha la cocinilla, que parece que todavía está dormida. Alguien se mueve dentro del saco y me mira de reojo. Pensando que todavía disponen de una hora para seguir a gusto en su saco mientras se prepara el desayuno. Esta tarea no es muy agradable (como la mayoría), pero alguien la debe hacer cada día, normalmente nos vamos turnando; aquí no sirven los 'arronches'.

Poco a poco todo el mundo se va moviendo y vistiéndose. Desayunamos unos potes de café y unas barritas energéticas de mi amigo Juan Carlos (Planta Sana). Después hay que preparar las mochilas con todo lo necesario para montar el campo dos. Llevamos tiendas, gas, cuerda y comida, pero nuestro problema más inmediato es que hay medio metro de nieve fresca esperándonos fuera. Estamos a 5.800 metros de altitud y cuando hundes por primera vez la pierna parece que no vas a ninguna parte.

Progresamos despacio, pero a buen ritmo. Cada cuarto de hora nos relevamos en cabeza. Los de atrás van señalizando con banderines el camino. Así nos pasan las horas y el altímetro se aproxima a los 6.600 metros, pero aparecen las nubes y en cinco minutos tenemos encima un temporal. No vemos nada y aún nos quedan 200 metros para llegar al emplazamiento del campo dos (6.800 metros). Son momentos duros, el terreno es un poco expuesto, con caída a ambos lados, y el cansancio se hace notar.

Por fin llegamos al emplazamiento, pero es imposible montar tiendas. El viento y el frío nos paralizan. Dejamos todo el material bien fijado con estacas y tornillos y emprendemos el retorno. Nuestra traza está casi tapada por la nieve. Gracias a los banderines podemos encontrar el camino. Llegamos al campo uno deslomados, pero felices al entrar en nuestra tienda y sentir la seguridad que representa. Sin tienda no hay vida en estas alturas. Es un poco frustrante tanto esfuerzo para volver al mismo punto de arranque, pero esto es así.

Mañana tendremos que volver a subir para terminar el trabajo. Las caras lo dicen todo. Nos miramos y pensamos que por lo menos nos servirá de aclimatación. Nos dormimos. El cuerpo pide reposo.

UN MONTAÑERO ENFERMA

Sábado, 19 de abril

Comienza la acción. Los cuerpos están agarrotados. Otra vez la cuesta. La huella está medio tapada, pero no necesitamos tanto esfuerzo como ayer. ¿Menos mal! El cuerpo responde y subimos en tres horas lo que ayer nos llevó seis. Hay sol. El emplazamiento del campo está justo debajo de un gran 'serac'. Es un lugar bastante seguro, pero debemos cavar para emplazar las tiendas. No perdemos ni un minuto. Antes de que el tiempo cambie hay que tener instaladas las tiendas, porque hoy no podemos volver a bajar.

En dos horas está todo acabado, por la cuenta que nos trae. Nos encontramos en un mirador privilegiado: al fondo, el Annapurna, con su cara Oeste impresionante. Estoy fundiendo nieve como siempre, mientras Asier y Edurne preparan algo para comer. ¿Qué comemos aquí? El menú se compone de un puré de patatas, unas tostadas de pan, lomo, jamón y unas sardinas con tomate. ¿Qué bien sabe aquí arriba! Lo importante es que el cuerpo te lo acepte, porque algunos al lado nuestro están vomitando. La altura pasa factura. Estamos a 6.800 metros. Se oyen las toses y estornudos característicos. Nos hallamos aquí arriba nosotros siete, ademas del trío aragonés que encabeza Carlos Pauner, tres checos y cuatro polacos.

Todo parece que va a ser igual que cualquier noche aquí arriba. Hasta que oímos unas voces inquietantes que nos ponen a todos en alerta. Uno de los polacos, Arthur Hatjer, parece que está sufriendo un amago de edema cerebral. Se le ve totalmente ido y no controla lo que habla. Quiere irse hacia abajo inmediatamente. Es un hombre con mucha experiencia y 'ochomiles' y sabe que tiene que bajar si no quiere perecer. El problema es que son las seis de la tarde y casi no hay luz.

Conseguimos ponerle una inyección de Dexametasona y junto con su compañero, que es médico, uno de los checos y nuestro compañero Ferrán Latorre consiguen descenderle unos centenares de metros. Parece que se recupera como para seguir descendiendo por sus propios medios. Aún así, el checo le acompaña hasta el campo uno.

Ferrán vuelve a subir hasta nuestra tiendas, pero llega agotado y con hipotermia. Tenemos que meterlo en un saco y comenzar a masajearle y darle bebida caliente para que se recupere. A las nueve de la noche podemos meternos en nuestros sacos y descansar (relativamente). Dormimos bien, a pesar de la altura y el frío (veinte bajo cero).

A 7.000 METROS

Domingo, 20 de abril

A las cinco de la mañana empiezo a fundir nieve mientras observo el Annapurna. A las seis y media salimos de la tienda y preparamos el material para seguir equipando la cuerda que nos queda en la montaña. Equipamos 200 metros en la ruta, hasta la cota de 7.000. Después iniciamos el descenso, que también aprovechamos para equipar algunos tramos expuestos que no habíamos podido asegurar. Todo pensando en el descenso. Con buen tiempo y sin problemas nunca hace falta la cuerda. Sobre las tres de la tarde llegamos al campo base, cansados pero contentos por haber hecho un buen trabajo. La próxima vez iremos a por la cumbre.

PENSANDO EN LA CUMBRE

Martes, 22 de abril

Anteayer bajamos de la montaña cansados tras cuatro días intensos, pero contentos por haber realizado un buen trabajo y haber dejado todo listo para un primer intento a cumbre. Seguiremos informando.

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